El cuarto rojo (fragmento)August Strindberg

El cuarto rojo (fragmento)

"La señora Falk había terminado sus tareas ante la ventana y ahora estaba poniendo orden en la mesa de palisandro con incrustaciones de madreperla donde iban a leerse las pruebas del informe mensual. Le quitó el polvo al tintero de ágata, dejó la pluma de plata en el portaplumas de carey, dio la vuelta al sello de mango de oro de manera que no se viera su tono burgués, sacudió con gran cuidado la cajita del dinero, hecha de finísimo hilo de acero, a fin de que se pudiera leer fácilmente el valor de algunos valores (su dinero de bolsillo), que estaban allí encerrados como prisioneros, y dio sus últimas órdenes al criado, que estaba uniformado de gala. Hecho esto se sentó en el salón y asumió una postura descuidada, de la que la sacaría la sorpresa del anuncio de la llegada de su amiga la revisora, que, sin duda, sería la primera en hacer acto de presencia…, y así fue como ocurrió. Y la señora Falk abrazó a Evelyn y la besó en la mejilla, y la señora Homan abrazó a Eugenie, que la llevó al comedor, donde se detuvieron ambas, porque Eugenie quería saber su opinión sobre los muebles nuevos. Y la revisora no quiso detenerse ante el armario de roble, semejante a una fortaleza, de estilo Carlos XII, con grandes jarrones japoneses, porque se sentía aplastada por aquella mole, pero se fijó en la araña, que le pareció demasiado moderna, y también en la mesa, que desentonaba; además dijo que los grabados no iban bien con los viejos retratos de familia, y requirió un rato bastante largo para explicar la diferencia entre un cuadro al óleo y una oleografía. La señora Falk tropezó con todas las esquinas de muebles que le fue posible a fin de ver si el crujir de su vestido nuevo de terciopelo llamaba la atención de su amiga, pero no tuvo suerte. Preguntó la opinión de su amiga sobre la nueva alfombra de Bruselas del salón, y ella le dijo que contrastaba algo chillonamente con las cortinas, en vista de lo cual la señora Falk, llena de irritación, dejó de hacerle preguntas.
Se sentaron a la mesa del salón, y comenzaron enseguida a recurrir a diversas tablas de salvación: fotografías, libros de versos ilegibles, cosas por el estilo. A la revisora le cayó en las manos una hoja de papel: estaba impresa en papel color rosa, con bordes dorados, y llevaba por lema: «Al mayorista Nicolaus Falk, en su cuadragésimo cumpleaños». "



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