Hambre (fragmento)Lucio V. Mansilla

Hambre (fragmento)

"¡Qué noche aquella! Como quien espanta moscas, que perturban, las fui desechando, desenmarañando, y pude, al fin, sentirme algo dueño de mí mismo, y haciendo pasar lo que quería del cerebro a la punta de los dedos, escribir una quisicosa, que tomó forma y extensión. Fue un triunfo de la necesidad y del deber, sobre la ineptitud y la inconsciencia. Yo no sabía escribir, pero podía escribir. ¡Ah! Eso sí, no escribiría mas. No había nacido para tales aprietos y conflictos. Al día siguiente, mi huésped me llevó el mate a la cama, en persona, y con la voz más seductora me preguntó, "si ya estaba eso", echando al mismo tiempo una mirada furtiva a la picota de mi sacrificio intelectual, donde yacía desparramada en carillas ilegibles, para otro que no fuera yo, mi hazaña cerebral de héroe por fuerza.
-A ver - dijo con impaciencia. Me puse a leer, con no poca dificultad, pues yo mismo no me entendía.
-Bien, muy bien, perfectamente - decía a cada momento, exclamando una vez que hube concluido: ¡Ah! mi amigo, ¡qué servicio me ha hecho usted!
Yo estaba atónito. Positivamente, como Mr. Jourdain, había escrito prosa sin quererlo.
-Ahora, me dijo, me lo va usted a dictar.
Pusimos manos a la obra, y a las dos horas estaba todo concluido, con una atroz ortografía. Pero yo me decía, como el cordobés del cuento, al que le observaron que el gallináceo que llevaba lo pringaba: "¡para lo que es mía la pava! Mi huésped se fue. Almorzamos después y el día pasó sin ninguno de esos incidentes, que se graban per in aeternum, en la memoria de un joven. Pero mis cinco bolivianos disminuían... Y vosotros, solo comprenderéis mi situación, los que os hayáis hallado, habiendo nacido en la opulencia, reducidos a tan mínima expresión monetaria. Pensé en regresar; en el hotel Paraná tenía crédito; escribiría además a Buenos Aires. Estaba escrito que me había de quedar allí.
¿Qué había pasado? Mi huésped había leído en pleno cenáculo oficial, como suya, mi descripción; no le habían creído, lo habían apurado, había tenido que declarar el autor.
Entonces, el ministro de Mascarilla, que le debía su educación a mi padre, que no se me había hecho presente, mirándome de arriba abajo, casi con desdén, exclamo: Discípulo mío en la escuela de Clarmont, latinista, gran talento, se llevaban todos los premios, entre él y Benjamín Victoria (falso, falsísimo por lo qué a mí respecta). Y al día siguiente se me presentó, para hacerme sus excusas, que yo acepté, encantado, pues solo mas tarde caí en cuenta. "



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