La lentitud (fragmento)Milan Kundera

La lentitud (fragmento)

"La manera como se cuenta la Historia contemporánea se asemeja a un gran concierto en el que se presentaran seguidos los ciento treinta y ocho opus de Beethoven, pero tocando tan sólo los ocho primeros tiempos de cada uno de ellos. Si volviera a hacerse el mismo concierto diez años después, sólo se tocaría, de cada pieza, la primera nota, siendo, pues, ciento treinta y ocho notas durante todo el concierto, presentadas como una única melodía. Y, veinte años después, toda la música de Beethoven quedaría resumida en una única larguísima nota aguda que se asemejaría a la que oyó, infinita y muy alta, el primer día de su sordera.
El científico checo está hundido en su melancolía y, a modo de consuelo, le asalta la idea de que de la época de su heroico trabajo como albañil, que todos quieren olvidar, conserva un recuerdo material y palpable: una excelente musculatura. Una discreta sonrisa de satisfacción asoma a su rostro, pues está seguro de que nadie entre los presentes tiene músculos como los suyos.
Sí, créanlo o no, esta idea, aparentemente risible, le anima realmente. Tira la chaqueta y se tumba boca abajo en el suelo. Luego, se levanta apoyándose en las manos. Repite el movimiento veintiséis veces y se siente satisfecho de sí mismo. Recuerda los tiempos en que, con sus compañeros albañiles, iba después de trabajar a bañarse en un pequeño estanque que había detrás de la obra. A decir verdad, era entonces cien veces más feliz que ahora en este castillo. Los obreros le llamaban Einstein y le querían.
Le asalta la idea, frívola (se da cuenta de esa frivolidad e incluso se alegra), de ir a bañarse en la hermosa piscina del hotel. Con alegre y consciente vanidad, quiere enseñar su cuerpo a los intelectuales enclenques de este país sofisticado, supercultivado, y a fin de cuentas pérfido. Por suerte, ha traído de Praga su traje de baño (lo lleva siempre a todas partes), se lo pone y se mira, semidesnudo, en el espejo. Dobla los brazos y los bíceps se hinchan en todo su esplendor. «Si alguien quisiera negar mi pasado, ¡aquí están mis músculos como prueba irrefutable!» Imagina su cuerpo paseando alrededor de la piscina, enseñando a los franceses que existe un valor muy elemental que es la perfección corporal, perfección de la que él puede jactarse y de la que ellos no tienen ni idea. Luego, encuentra un poco fuera de lugar ir semidesnudo por los pasillos del hotel y se pone una camiseta. Queda el problema de los pies. Dejarlos descalzos le parece tan inapropiado como ir con zapatos; decide pues ir con calcetines. Así ataviado, se mira una vez más en el espejo. Otra vez el orgullo se une a la melancolía y, otra vez, se siente seguro de sí mismo. "



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