Liquidación (fragmento)Imre Kertesz

Liquidación (fragmento)

"No sé por qué le conté todo esto, pues no esperaba de él ni consejo ni ayuda, y él bien lo sabía. Me escuchó con la cabeza gacha, el brazo apoyado en el respaldo de la silla de al lado, la mano colgada. De vez en cuando asentía con la cabeza. Parecía triste, como si conociera mi caso antes incluso de que se lo contara y hubiera sacado una conclusión hacía ya muchísimo tiempo.
—No se debe ir a parar a una situación así, uno no debe saber quién es —dijo.
Creo que nunca olvidaré aquella conversación. Vivimos en la época de la catástrofe, cada ser humano es portador de la catástrofe, y por eso se necesita un saber vivir muy particular para seguir tirando, dijo. El hombre de la catástrofe carece de destino, carece de cualidades, carece de carácter. Su horrendo entorno social —el Estado, la dictadura, o llámalo como quieras— lo atrae con la fuerza de un remolino vertiginoso, hasta que renuncia a oponer resistencia y el caos brota en él como un geiser hirviente… A partir de ese momento, el caos se convierte en su hogar. Ya no existe para él el regreso a un centro del Yo, a la certeza sólida e irrefutable del Yo: es decir, se ha perdido, en el sentido más estricto y verdadero de la palabra. Este ser sin Yo es la catástrofe, el verdadero Mal, sin ser, por extraño que parezca, él mismo malvado, aunque sea capaz de todas las maldades, dijo Bé. Han vuelto a cobrar vigencia las palabras de la Biblia: resístete a la tentación, cuídate de conocerte a ti mismo, porque de lo contrario estás condenado, dijo.
No sé por qué encontré tanto consuelo en esos pensamientos abstractos e impersonales que ni siquiera pude seguir del todo. Sin embargo, precisamente la generalidad me sentó bien, el hecho de no hurgar en mi asunto, de no analizar mi mundo psíquico; precisamente eso me ayudó a alejarme de mis preocupaciones prácticas, aburridas en sumo grado, que de todos modos no tenían solución y que de todos modos siempre acababan solucionándose, como ocurrió también en esta ocasión. Mi caso se me presentó de pronto como un problema teórico, lo cual resultaba en parte fructífero y en parte me liberaba de mí mismo, que era, justamente, lo que me hacía falta. Se lo dije. Le dije, además, tener la sensación de que nuestra conversación había proyectado de súbito otra luz sobre mis consideraciones —muy serias, por cierto— respecto al suicidio: podría afirmar, afirmé, que de repente se me antojaba superfluo cansarme a mí mismo y a la sociedad con tales ponderaciones. Se rió. Sabía soltar estridentes carcajadas. Echo de menos su risa. "



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