El tren precintado (fragmento)Stefan Zweig

El tren precintado (fragmento)

"No tuvo limites la desilusión de los refugiados impotentes. Por espacio de muchos años, en reuniones en Londres, París y Viena, habían estado considerando con todo detalle la estrategia de la revolución rusa. Por décadas habían discutido en sus periódicos sobre los planes teóricos y prácticos, las dificultades, los peligros, las posibilidades de sus proyectos. El mismo Lenin, durante toda su vida, consagró la mayor parte de su tiempo a este tema, revisando los planes de la revolución una y otra vez hasta haber alcanzado una formulación definitiva. Ahora, mientras estaba acorralado en Suiza, su revolución iba a ser diluida y desmenuzada por otros; la santificada noción de hacer de los rusos un pueblo libre iba a ser envilecida para servir a naciones extranjeras. Por una singular analogía, Lenin tuvo que sufrir en esta época lo que había sido la triste suerte de Hindenburg durante las fases de apertura de la guerra. Por cuarenta años Hindenburg había maniobrado y hecho el juego de guerra con un ojo puesto en la campaña de Rusia, y luego, cuando estalló el conflicto, fue obligado a estarse en su casa, en traje civil, y mover banderitas sobre el mapa, registrando las ganancias y marcando los desatinos de los generales en servicio activo. Sometido a un esfuerzo similar, Lenin, usualmente un realista de sólidas convicciones, resolvió en su mente el más loco y más fantástico de los sueños. ¿No podría alquilar un aeroplano y cruzar así por Alemania o Austria? La idea era enloquecedora. ¿No podría atravesar un país u otro con la ayuda de un pasaporte falsificado? El primer hombre que se ofreció a ayudarle en esta idea resultó ser un espía. Su fantasía se extravió más y se hizo más absurda. Escribió a Suecia pidiendo un pasaporte sueco, intentando fingirse sordomudo para evitar que su lengua lo denunciara. Por supuesto, después de revolver tales proyectos descabellados en las noches de insomnio, cuando apuntaba el día los reconocía impracticables y desatinados. Pero tanto de día como de noche permanecía convencido de que, de una forma o de otra, debía volver a Rusia. Debía transformar la revolución rusa en su propia revolución, en vez de permitir que fuera la de algún otro; debía hacer de ella una revolución genuina, en vez de una semblanza puramente política. Debía regresar a Rusia, más pronto o más tarde, costara lo que costara. "


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