Estampas egipcias (fragmento)José María Eça de Queiroz

Estampas egipcias (fragmento)

"En Port Said, pese a sus doce mil habitantes, no hay aún un vivir definitivo y regular. No hay establecimientos hechos con la esperanza de la duración; no hay un comercio fijamente establecido; todo tiene el aspecto de una feria, que hoy gana y prospera, y mañana se levanta y se dispersa. Y esto es porque, a pesar de la confianza de la población en la prosperidad del canal, no hay ninguna profesión, ningún comercio que se quiera arriesgar a establecerse de un modo definitivo, corriendo el peligro de ver ese comienzo de ciudad debilitarse y morir miserablemente. Esa sería la suerte de Port Said, y también de Ismailia, si el canal resultase ser inútil, abandonado por el comercio y la navegación.
Su construcción se resiente, pues, de estas circunstancias: ni edificios, ni monumentos, ni construcciones sólidas y serias; todo es ligero, barato, provisional. La iglesia católica es una enorme barraca: se ve el cielo azul a través de su techo hecho de grandes vigas mal unidas. Todo esto le da a Port Said un aspecto triste. Al final de las fiestas, tiempo después, cuando volví a pasar por allí de viaje a Jerusalén, me pareció por la apatía de la vida, por el silencio, que el desierto comenzaba de nuevo a aparecer por entre aquella débil apariencia de ciudad.
Pero aquel día diecisiete, día de la inauguración, Port Said, lleno de gente, cubierto de banderas, todo ruidoso por los disparos de los cañones y los ¡hurras! de la marinería, con las escuadras europeas en el puerto, lleno de gallardetes, de arcos, de flores, de músicas, de cafés improvisados, de barracas de campamento, de uniformes, tenía un hermoso y poderoso aspecto vital. La bahía de Port Said se mostraba triunfante. Era el primer día de las fiestas. Estaban allí las escuadras francesas del levante, la escuadra italiana, los navíos suecos, holandeses, alemanes y rusos, los yates de los príncipes, los vapores egipcios, la flota del pachá, las fragatas españolas, el Aigle con la emperatriz, el Mamoudeb con el jedive y navíos con toda clase de muestras de realeza, desde el cristianísimo esperador Francisco José al príncipe árabe Abdelkader. Las salvas hacían el aire sonoro. En todos los navíos, engalanados y llenos de pabellones, la marinería, subida a las vergas, saludaba con largos ¡hurras! De todas las cubiertas llegaba el vivo ruido de las músicas militares. El azul de la bahía se veía rayado en todos los sentidos por los barcos a remos, a vapor, a vela; almirantes con sus pabellones, oficialidades todas resplandecientes de uniformes, gordos funcionarios turcos fatigados y apopléjicos, viajeros con los sombreros cubiertos de velos y turbantes se cruzaban ruidosamente entre los grandes navíos anclados; las barcas decrépitas de los árabes, amontonadas de turbantes, abrían sus largas velas cruzadas de azul. Sobre todo ello, el cielo de Egipto de un color, de una profundidad infinitas. Las escuadras tenían sus armazones y cordajes cubiertos de hilos de luz. Durante toda la noche los fuegos artificiales, en una gran franja de tierra, tejían, sobre el cielo oscuro, su gran bordado luminoso. "



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