Un socio (fragmento)Joseph Conrad

Un socio (fragmento)

"George lo miró fijamente y rompió en sollo­zos. Después se tendió sobre un canapé, ocultó su cara debajo de un almohadón y continuó llo­rando como un niño. "Más vale así", se dijo Cloete y se marchó, explicando al hostelero que se retiraba porque necesitaba realizar unas cuan­tas cosas aquella misma noche. La mujer del hos­telero, llorando, lo siguió hasta la escalera para decirle: "¡Oh, pobre señora, se vuelve loca...!"
Cloete la apartó, mientras respondía: "No, seguramente, no. Ya se le pasará. No es el dolor lo que enloquece a la gente, es el tormento".
En esto Cloete se equivocaba. La desola­ción de la señora de Harry se debía a que su esposo se había suicidado ante ella. No se le pasó y, de tal modo, luego de un año hubo ne­cesidad de internarla en un manicomio. No es­taba agitada; su estilo de locura era dulce, tranquilo. Vivió todavía largo tiempo.
Y Cloete ya estaba desafiando el viento y la lluvia. Nadie en las calles. Había vuelto la tran­quilidad. El patrón del café salió a buscarlo al pasillo, y le dijo: "Por aquí, no. No está en la habitación. No hemos conseguido que se acos­tara por más que lo intentamos. Está allí, en la sala pequeña. Le hemos encendido fuego..." "Le has dado de beber también -dijo Cloete-. Nunca habló de pagar su bebida. ¿Cuánto ha bebido?" "Dos", dijo el otro. "Bueno. Bien pue­do hacer esto por un marino rescatado del nau­fragio." Cloete se puso a reír con una risa de­moníaca: "¿Qué, ha pagado?". El cafetero gui­ñó el ojo... "Le ha pagado a usted en oro, ¿ver­dad? Vamos, hombre, hable..." "¿Pero qué? -gritó el hombre-. ¿Qué quiere decir usted? Yo le he devuelto religiosamente el cambio de su moneda de oro". "Está bien", repuso Cloete. Y se dirigió a la sala pequeña donde estaba Stafford con el cabello desordenado, vestido con una camisa, en zapatillas y con un panta­lón del dueño del establecimiento, sentado jun­to al fuego. Al ver a Cloete bajó la mirada.
-Usted no creyó que volveríamos a encon­trarnos, señor Cloete -dijo Stafford lentamen­te, pues aquel individuo, cuando no estaba ba­jo los efectos de la bebida, adoptaba una acti­tud huraña y humilde-. Después que el capi­tán se suicidó, me quedé allí, sentado y repa­sando en mi mente todo lo sucedido -dijo-. Todo llega. Han pasado muchas cosas: complot para hundir el barco, tentativa de asesinato y el suicido este. Señor Cloete, sé que he sido víctima de una cruel y premeditada tentativa de ase­sinato, como término de mil muertes previas. Y esto vale las mil libras esterlinas de las que ha­blamos. Una cantidad insignificante, como us­ted ve. El suicido ha llegado oportunamente...
Y levantó los ojos hacia Cloete, que sonrió y se acercó a la mesa.
-Usted ha matado a Dunbar -murmuró. Lo miró con firmeza y le mostró los dientes:
-Cierto que lo he matado. Yo estuve ence­rrado en la cabina como un ratón en la rato­nera... Encerrado y condenado a ahogarme al hundirse el barco. Claro, yo lo he matado. La sangre y la carne serán los jueces de esta ac­ción. Yo creí que era usted, miserable asesino, que venía a terminar conmigo... Él abrió la puerta con violencia y cayó sobre mí; tenía un revólver en la mano y lo maté. Estaba loco. Mucha gente enloquece por mucho menos.
Cloete lo contempló sin pestañar.
-¡Ah, ah! ¿Éste es su cuento? -Y al propio tiempo que hablaba, con ansias movió un poco la mesa-. Ahora, escuche el mío. ¿Dónde está el complot? ¿Quién puede probarlo? Usted se encontraba allí robando. Usted se disponía a desvalijar la cabina. El capitán lo sorprendió en el momento en que revolvía el cajón y con su propio revólver, usted lo mató. Usted lo mató pa­ra robar, sólo para robar. Su hermano y los em­pleados de la oficina saben que usted se llevó a bordo sesenta libras. Sesenta libras oro en un maletín. Me dijo a mí donde estaban guardadas. El patrón de la lancha salvavidas puede ser testi­go de que todos los cajones se encontraban va­cíos, sin excepción. Y usted ha sido lo suficien­temente estúpido como para pagar unas copas media hora después de desembarcar, cambian­do una de las monedas de oro. Escúcheme. Si no va usted pasado mañana a casa de los abogados de George Dunbar, a prestar una justa declara­ción sobre las causas del hundimiento del navío, lo denunciaré a la policía. Pasado mañana...
¿Y usted qué cree que pasó? Que Stafford co­menzó a tirarse de los cabellos. Exactamente. Se los arrancó a manos llenas, sin decir palabra. Cloete dio un golpe a la mesa y el hombre rodó por el suelo, al ser derribada la silla donde se sentaba. Con su cuerpo dio en el guardafuego de la chimenea, al que tuvo que sujetarse. "



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