La virgen de Borinquen (fragmento)Ramón Emeterio Betances

La virgen de Borinquen (fragmento)

"En uno de los rincones de la sala, sentado al extremo de un banco, se hallaba un hombre delgado, alto, moreno, enjuto, cuyos ojos hundidos tan pronto lanzaban rayos siniestros como tan pronto revelaban la más dolorosa melancolía. A veces, el fin de su respiración se confundía con un ligero suspiro desgarrador y entonces paraba el oído como si escuchara una voz más allá de sí mismo. Con la mano izquierda apretaba convulsivamente su brazo derecho, más arriba de la muñeca, con tanta fuerza que, a pesar de su tinte bronceado, alrededor de la parte oprimida se dibujaba una cinta blanca y roja. Había mirado a su alrededor, luego había fijado en tierra los ojos. Así se hallaba cuando nos acercamos. Levantarse frente a mí, clavar en mis ojos dos relámpagos e interrogarme, todo fue uno.
[...]
El loco decía estas últimas palabras con una melancolía tan conmovedora que sentí que mis ojos se llenaban de lágrimas. Volví el rostro. Hasta ese momento, él había hablado siempre apretando su brazo derecho con la mano izquierda, como si la mano y el brazo hubieran pertenecido a dos personas diferentes. Con sus últimas palabras se separaron sin sacudida alguna. Luego, el hombre exclamó: «¡Yo la he visto fría como el agua del río! ¡Yo he escuchado el suspiro de la muerte! ¡He perdido a mi triste virgen adorada!»
En ese instante elevó hacia el cielo su mano derecha. Vi al doctor palidecer al contemplar a su amigo. De súbito, el loco fijó los ojos en su mano, la vio libre, y sonriente, se golpeó el corazón y cayó como herido por un rayo.
-Cree tener un puñal que se le clava irresistiblemente cada vez que suelta la mano -me dijo el médico, cuya voz, llena de compasión, temblaba-. Le temo a esos golpes en el pecho y preferiría ver que su mano derecha se atrofiara bajo el apretón continuo de su mano izquierda.
El loco, al mismo tiempo, volvía a poner las manos en su posición habitual. Volviendo en sí, se puso de pie mientras decía:
-¡Es verdad! ¡Mi tarea todavía no se ha cumplido!
-Oiga -dijo el doctor en voz baja-. Después de lo sucedido, sigue loco.
-Si es verdad -continuó el loco dirigiéndome la palabra e impresionado, sin duda, por mi figura criolla-; si es verdad que usted es egipcio, comprenderá esta historia de desolación y tinieblas y se dedicará, como yo, al estudio de las ciencias que revelan los mundos del más allá. "



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