La muerte del dr. Isla (fragmento)Gene Wolfe

La muerte del dr. Isla (fragmento)

"La joven asintió mirando las oscuras aguas del charco, pero daba la impresión de no haberlo oído. El muchacho se dirigió a ella subiendo por las raíces enroscadas de los árboles.
—Diane, ¿por qué Ignacio me quiere matar?
—A veces también a mí me quiere matar.
—Pero, ¿por qué?
—Creo que está un poco asustado de nosotros. ¿Le hablaste alguna vez, Nicholas?
—Hoy un poco. Me contó una historia sobre un pececito que tenía.
—Ignacio se ha criado completamente solo, ¿no te lo dijo? En la Tierra, en una plantación del Brasil, junto al Amazonas. Me lo contó el Dr. Isla.
—Creía que la Tierra estaba muy poblada.
—Las ciudades y los pueblos sí, pero hay lugares completamente deshabitados. Donde estaba Ignacio debía haber pieles rojas, cazadores, hace unos doscientos o trescientos años pero cuando él estaba allí no había nadie, sólo máquinas. Ahora no quiere que nadie lo mire ni se le acerque.
—El Dr. Isla dijo que muchas personas no estarían enfermas si siempre tuvieran otras a su lado, ¿lo recuerdas?—dijo Nicholas muy despacio.
—Oye, Nicholas, ¿te conté lo del pájaro?—de nuevo no escuchaba.
—¿Qué pájaro?
—Tengo un pájaro dentro —se acarició el liso estómago por debajo de los pequeños pechos y por un momento el muchacho pensó que había encontrado alimento—. Se sienta aquí. Ha formado un nido en mis entrañas y con el pico me desgarra la respiración. Te parezco sana, ¿verdad?, pues por dentro estoy hueca y podrida y me vuelvo negra, sucia y rezumo plumas viejas.
—Como quieras —contestó el chico y se volvió para marcharse.
—He bebido de este agua para ver si lo ahogaba y me parece que he bebido tanta que no podría levantarme aunque quisiera, pero el ave ni se ha mojado, ¿sabes una cosa? He descubierto que yo no soy yo, sino ella.
—¿Cuándo comiste algo por última vez? —preguntó Nicholas volviéndose.
—No lo sé Hace dos o tres días. Ignacio me dio algo.
—Voy a intentar abrir un coco; si lo consigo, te lo traeré.
Al llegar a la playa, Nicholas dio la vuelta y se encaminó lentamente en dirección de la hoguera apagada esta vez, a lo largo de la arena mojada, entre el mar y las palmeras. Pensaba en las máquinas.
Pasado el cinturón había centenares de miles, quizá millones de máquinas, pero muy pocos o ninguno de los sofisticados criados robots terrícolas, ésos eran un lujo. ¿Habría tenido Ignacio esos lujos en Brasil o en otro lugar? Nicholas dedujo que no. Esos robots eran casi como personas y vivir junto a ellos hubiera sido como vivir con la gente. A Nicholas le hubiera gustado hablar brasileño.
En St. John's tuvo los robots—terapeutas; no le gustaban y pensó que a Ignacio, probablemente, tampoco. Si le hubiera gustado su robot—terapeuta, no lo habrían enviado aquí. Pensó en la vieja máquina, desportillada y oxidada, que limpiaba los pasillos. Maya la llamaba Corredora, pero los otros sólo "Eh". No hablaba y Nicholas dudaba que sintiera ningún tipo de emoción, excepto quizás, una especie de amor por la limpieza. Alguien le decía dentro de su cabeza: "Comprenderás que todo motivo se puede dividir en dos clases". ¿Un doctor? ¿Un robot—terapeuta? Qué más daba. "Extrínseco e intrínseco. Un motivo extrínseco posee siempre algún fin a la vista y ese fin lo llamamos un motivo intrínseco. Así, cuando hemos reducido la motivación a motivación intrínseca, la reducimos a sus partes más simples. "



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