Garoé (fragmento)Alberto Vázquez Figueroa

Garoé (fragmento)

"Cabría asegurar que en un determinado momento de su conversación con el desertor había sentido una cierta envidia de quien había elegido vivir sin ataduras.
Pocas cosas desconcertaban tanto a un ser humano como descubrir que existía un mundo totalmente diferente a aquel en el que había nacido y había sido educado, un desconoci­do universo en el que las normas de comportamiento y los principios básicos por los que se había regido hasta el pre­sente carecían en absoluto de valor.
Era como si los muros de lo que siempre fuera un sólido edificio se hubieran resquebrajado de improviso y sus ocu­pantes tuvieran la extraña sensación de que hasta el último de los conceptos que habían ido acumulando desde el día que nacieron corriera peligro de desaparecer bajo los escom­bros.
Encontrarse de improviso inmerso en una sociedad en la que nadie reclamaba la propiedad sobre nada, ni nadie indi­caba a nadie lo que tenía que hacer, obligaba a replantearse muchas de las «verdades» que hasta ese momento se antoja­ban incuestionables.
En lo más profundo de la mente del teniente Baeza comen­zaba a librarse una batalla que iría ganando fuerza a lo lar­go de los años y en la que tal vez jamás llegaría a haber ni vencedores ni vencidos.
Tanto era así que ya en el lecho de muerte su corazón se encontraba en un mundo y el resto de su cuerpo en otro.
A medida que la luna aumentaba de tamaño, aumentaba en idéntica proporción la inquietud de los isleños.
Protegida por altos acantilados, en la quieta ensenada no soplaba ni una racha de viento y un agua muy limpia solía mostrarse casi como si se tratara de una charca por lo que todo se antojaba perfecto, pero a medida que las noches aparecían cada vez más luminosas, el nerviosismo de los lugareños crecía como si un mal augurio de muerte y des­trucción estuviera a punto de abatirse sobre la minúscula aldea.
Una mañana, al advertir que ni una ola acertaba a batir contra la playa, se iniciaron los preparativos con el fin de eva­cuar a los ancianos y los niños tierra adentro.
Los españoles no tenían ni la menor idea de las razones por las que sus nuevos amigos se comportaban como si le tuvieran terror a la luna llena. "



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