La mujer de papel (fragmento)Rabih Alameddine

La mujer de papel (fragmento)

"Me produce ternura recordar cómo estaban distribuidos los muebles en la habitación principal, cómo ponían la gran bandeja de latón encima de la otomana redonda de lona a la hora de cenar.
Pero también siento nostalgia de los paseos por el camino de Swann, así como por el camino de Guermantes; del momento en que Charles Kinbote sorprende a John Shade bañándose; de cómo se sienta Ana Karenina en el tren.
Una vez conocí a una secretaria, la madre de una compañera de clase. Una mañana acompañó a su hija al colegio y la dejó junto a la puerta; el portero armenio, un hombre de cabello entrecano, salió de su caseta para saludarlas, como hacía siempre que aparecía algún padre.
¿Era Hércules el portero del Cielo? Sea como sea, no describiría a aquel anciano armenio como Hércules. Su trabajo consistía en asegurarse de que ningún alumno saliera antes de que hubieran terminado las clases y de que solo entraran alumnos y maestros, de modo que, aunque se acercara a la madre servilmente, en realidad estaba llevándose a la hija y prohibiendo a aquella entrar. Así que no, nada de Hércules. Por mucho que me gustara y que me sintiera como en mi casa dentro de aquella jaula, el colegio se parece más al Hades que al Cielo; en el colegio se lleva a cabo un asesinato ritual de la infancia, se da muerte a los niños. El vigilante era el barquero.
Tras entregarle a su hija, la madre le dedicó una sonrisa patricia. Llevaba un vestido hecho a medida que parecía prestado, como si se hubiera propuesto crecer dentro hasta que le quedara bien. Era un vestido gris, de un tono un poco diferente del gris peltre del cielo amenazador de aquel día. Se cubría los hombros con un chal de color azul intenso. A diferencia de los maestros que iban llegando, todos afectados por una epidemia de desinterés, ella parecía interactuar con el mundo que la rodeaba, alerta y participativa. Mientras escribo esto recuerdo lo maravilloso que era observarla, una madre que parecía tan joven, que todavía conservaba cierta vitalidad infantil.
Yo observaba el momento de la entrega desde detrás de la valla del colegio, mirando entre los barrotes (sí, barrotes metálicos por los que el año anterior podía pasar la cabeza). Los barrotes estaban cubiertos de varias capas grumosas de pintura amarilla barata, color canario enjaulado, que se desconchaba y desprendía, y la herrumbre que asomaba por debajo combinaba bien con el amarillo. Yo miraba fijamente. Tenía las manos agarradas a los barrotes, la cara aprisionada entre ellos, los pómulos pegados al metal.
La hija, mi compañera de clase, vino hasta mí. Observó a su madre, que intercambiaba unos cumplidos innecesarios con el barquero. Nosotras, en cambio, no nos dijimos nada. Su madre nos vio y se acercó. Me preguntó educadamente quién era yo, si era amiga de su hija, una pregunta breve y amable que solo requería un sí o un no por respuesta. "



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