Ultramarinos (fragmento)Luis Bonafoux Quintero

Ultramarinos (fragmento)

"Al día siguiente D. Celedonio, acompañado de su hija, dejaba su barrio de Chamberí camino de la estación. Salió á pié á las cuatro de la mañana para llegar á tiempo de tomar el tren de las siete. Apenas llevaba á la mano algunos chismes: dos maletas, un saco de noche, una colcha, un botijo» la cesta con la merienda, un quitasol, unas zapatillas... parecía una quincalla ambulante: Cuando llegó á la estación sudaba tinta y tenía grandes ampollas en las manos. Carmen, más fresca que la lechuga, cuando está fresca, volvía frecuentemente la cabeza para ver á su novio, un poeta que la llamaba Laura y fumaba cigarrillos en el Ministerio de la Gobernación.
Y aquí empezaba la excursión veraniega. Lo primero que hacía D. Celedonio al entrar en el coche era colocarse de cara al sol para dejar la sombra á su buena hija. Ella era muy blanca, los rayos del astro podían producirle pecas. Después colgaba el botijo, se ponía las zapatillas y hacía el acostumbrado chiste:
-¡A ver si arrean á esas muías!
Si soplaba el aire de Guadarrama, D. Celedonio desdoblaba la colcha para abrigar á Carmen, mientras él, á cuerpo gentil, desafiaba los elementos. Si el tren se detenía horas en alguna estación, D. Celedonio corría á la cantina y compraba una sandía; ó bien, por encargo de su hija, se iba al campo á coger tomillo y saltamontes. Entretanto, Carmen, la bella Carmen, miraba voluptuosamente al compañero más próximo, y se le iba un color y se le venía otro, cuál rojo, cuál pálido...
Y así recorrían el camino padre é hija, entre sudores y fríos, entre olores de sandía y olores mefíticos, hasta que el tren, rechinando como carreta desvencijada, llegaba á San Sebastián.
—¡Oh, cómo van á rabiar las de Suarez, y las de Roque, y las de Pérez! —decía la Carmen.
La vida de D. Celedonio en San Sebastián no es para ser descrita. A las siete de la mañana acudía al mercado, y á las nueve acompañaba al baño á su bella Carmen. El mismo pedía la caseta y la registraba minuciosamente. Si uno de los compartimientos estaba ocupado, D. Celedonio se cercioraba de que no había allí ningún caballero... Estas chicas —pensaba él— están que arden con este calor... Mientras duraba el baño de Carmen, no la quitaba ojo de encima, y si veía que algún bañista intentaba enseñarla á nadar, él agitaba su pañuelo en señal de parlamento. "



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