Un hombre astuto (fragmento)Robertson Davies

Un hombre astuto (fragmento)

"El libro que solía tener en mi mesilla de noche, aunque no siempre, era la Religio Medici que me había regalado Charlie. Aportaba un amable humanismo al grosero materialismo de la mayoría de mis estudios de medicina.
No voy a referirme en detalle a mis estudios. Lo importante está fresco en mi memoria, y lo que no lo es está guardado en algún oscuro recoveco de mi mente, no perdido del todo, pero no a mi inmediato alcance. Nada de esto interesaría a Esme ni serviría para su investigación sobre el pasado de Toronto. Fue una suerte tener buena memoria, y el latazo de la anatomía, por ejemplo, pude superarlo sin esforzarme demasiado. Decidí muy pronto que la cirugía no iba a ser mi especialidad; no porque no pudiera practicarla, pues al fin y al cabo formaba parte de los exámenes. Ni tampoco porque me repeliera el grosero trabajo que hay que hacer a veces en el quirófano, el de serrar y martillear antes de iniciar los trabajos más delicados; podía serrar y excavar como el mejor. Pero no era un cirujano nato. El serlo exige un temperamento extrovertido que yo no poseía, y la irreversibilidad de lo que se hacía me parecía maliciosa en ocasiones.
Lo que me gustaba de verdad era el diagnóstico, y pronto demostré mis aptitudes en este campo. Sabía que algunos profesores tenían puestos los ojos en mí, aunque nadie me dijo con qué propósito. El espíritu de la Facultad de Medicina era marcadamente jerárquico; trepábamos, pidiendo la aprobación de los que estaban encima, preguntando únicamente cuando había que preguntar, y si tenías talento para hacer de Convencido, de Alma Bendita, despreciabas las medicinas alternativas, los osteópatas y quiropracticantes, homeópatas y herbolarios, todos los curanderos, comadronas y pretendidos conocedores de la medicina, propiedad exclusiva de la cofradía de médicos titulados y, por más modesto que fueras, te considerabas una criatura aparte. El mundo, para ti, se iba convirtiendo en un mundo dividido entre pacientes y médicos.
Pero resultaba curioso que nuestra formación se dejara algunos cabos sueltos. Se nos decía con toda sinceridad que nuestra tarea en la vida consistía en aliviar el sufrimiento. Pero nunca oí que nadie explicara que la palabra paciente significa realmente «sufridor». Supongo que porque pocos de ellos gruñían, lloraban o exhibían graves disfunciones; la mayoría se limitaba a sentarse, esperando pacientemente a que se hiciera algo con ellos. Pero si hablabas con ellos (ocasión que se presentaba pocas veces a un estudiante) descubrías que sufrían realmente y que, a menudo, el sufrimiento era un simple miedo. "



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