Mi hermano, mi enemigo (fragmento)Francisco Sionil José

Mi hermano, mi enemigo (fragmento)

"Tras una suave curva asomó como una fortaleza la mansión de los Asperri. La rodeaba una tapia de ladrillo cubierta de tallos marchitos de cadena de amor, que cobraría lozanía y verdor con las primeras lluvias de mayo. De niño había visto otra casa, de ladrillo, con vidrieras de colores como las de ésta, con vistas al pueblo, más alta que la torre de la iglesia, más alta que el cocotero, aunque no tanto como el balete. Antes de la guerra, como había ocurrido con el municipio, dicha casa fue incendiada por un grupo de hombres, fanáticos que profesaban un odio implacable a los Asperri, miembros de una religión autóctona que sacralizaba a Bonifacio y Rizal y a toda la falange de héroes que habían
luchado contra los españoles. Había leído sobre ellos, había oído hablar de ellos a su abuelo y su madre y, en su fuero interno, había compartido las creencias que los habían impulsado a la violencia. Incluso en algunas ocasiones Luis había fantaseado con lo que podría haber sucedido si su padre hubiese estado allí y lo hubieran matado también a él, como habían matado a sus tíos. En tal caso, él no habría nacido: un deseo que lo asaltaba en los momentos de angustiosa duda sobre su existencia, mucho más frecuentes ahora –pese a que gozaba de seguridad y no sufría privaciones– que cuando vivía, descalzo, abrasado por el sol y famélico, en Sipnget, aquel rincón perdido y dejado de la mano de Dios.
Se levantó una casa nueva, réplica de la que resultó arrasada
una noche de ira, pero de cimientos más sólidos y con las últimas comodidades, pues a su padre le encantaba el confort, el bienestar y, naturalmente, el poder que le otorgaban sus tierras y otras formas de riqueza. Había vivido en Europa y en Manila, entregado a los placeres, sin la menor intención de volver a Rosales para administrar una hacienda, supervisar a aquellos simples ilocanos y vivir como un ermitaño igual que había hecho su hermano; él ya había pasado por eso, había llegado a aborrecer Rosales, y habría sido incapaz de vivir en el pueblo. Sin embargo, de pronto lo llamó el deber, no sólo el deber para con aquello que habían forjado sus antepasados, sino también para con su joven sobrina, que había sobrevivido a aquella noche indescriptible.
Ése era su hogar, el depositario del pasado, y todos los niños
del pueblo miraban la casa con respeto. Era un lugar tan secreto como la sacristía, ya que muy pocos habían entrado y casi nadie sabía qué ocurría en sus recovecos.
En el jardín estaban los árboles que se habían librado del fuego. De lejos parecían montículos verdes donde se elevaban las almenas, de un color blanco y rojo apagado, con retazos de sol reflejados en los cristales de las ventanas. Cariátides de madera desnudas de cintura para arriba y de generoso pecho adornaban las esquinas de la fachada principal. Aunque la casa no era vieja, no se habían añadido nuevas capas de pintura a la primera mano original y los muros rojos y resquebrajados le daban un aspecto antiguo y medieval. "



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