La reina de Rapa Nui (fragmento)Pedro Prado

La reina de Rapa Nui (fragmento)

"Antes de su partida a Anakema, Adams me contó la historia de Bornier. Estábamos tendidos en la playa en medio de la inmensa sombra que proyectaba el volcán Kau. La arena, aún tibia, nos sumía en una agradable somnolencia, y la suave brisa del mar borraba los últimos restos de mi inquietud.
-Monsieur du Trou Bornier, comenzó Adams, veterano de la guerra de Crimea, es un hombre extraordinario. Escuche Ud.
Yo no prestaba gran atención. Observando sus manos toscas, rubias y velludas, veía, en medio de los cordones azules de las venas y de las pecas doradas, un ancla tatuada en índigo, cubriéndole la muñeca izquierda.
-Bornier llegó a esta isla hace cuatros años, traído por su irresistible necesidad de movimiento y quién sabe si por quitarle el bulto a cierto asunto. Son díceres; yo no lo puedo asegurar. Los oí una vez en Tahití, en la taberna de un amigo mío; después, el piloto de la goleta que hace el viaje a las Islas Marquesas, me los confirmó. No me atrevería; pero ya que Ud. se empeña le diré que hay cierto robo de cananacas para venderlos en el Perú a la Empresa de las Guaneras de las Islas Chinchas.
Llegó a Rapa Nui en circunstancias de que mediaba un año, o poco más, que se había establecido aquí, al otro lado de esa colina, en Angapiko, una misión de frailes franceses. En un principio todo marchó bien, pero Bornier es sanguíneo, y qué diablos... y como no siempre se consigue lo que se desea... En una palabra, tuvo cierta cuestión con una mujer y los religiosos formaron un escándalo. ¡Qué vamos a hacerle! los frailes meten una alharaca por cualquier motivo. Este fue el comienzo.
Bornier, que tal vez venía para estudiar el terreno, ver modo de traer ganado a la isla y emprender algunos cultivos, para evitar enredos se vino a Angapiko y comenzó a construir una casa con la madera, aún servible, de algunos buques que habían naufragado en años anteriores.
Casualmente aquélla, la última a la derecha, detrás de esos nísperos. Es bien poco confortable, pero era mucho hacer para la poca ayuda que le prestaron los indígenas.
Se veía, medio oculta por los árboles, una casucha plomiza de ese color gris que toma la madera expuesta a la lluvia y al viento salino.
-Aprovechando el caso, rarísimo en ese tiempo, de la llegada de un buque, volvió a Tahití por poco tiempo. Meses después regresaba con ciertos poderes otorgados por las autoridades francesas y bien surtida una vieja goleta de ganado lanar, algunos arbolillos, herramientas, comestibles. Yo le acompañaba. Nos habíamos conocido en casa de una mujer amable de Papeete, y como sucede en esos casos, uno intima estrechamente o se quita el cuerpo a los conocedores de nuestras horas alegres.
Yo soy danés, Ud. lo sabe, nací en Aalborg, pero mis primeros años transcurrieron en Islandia a donde fui emigrando con mis padres, unos pobres campesinos. Un día, no alcanzaba todavía catorce años, triste y desesperado en esa tierra oscura y muerta, me escapé a bordo de un velero. Desde entonces ruedo por el mundo. No me he casado. No he reconocido hijos. Tuve y dejé de tener en más de una ocasión una pequeña fortuna, y ahora, sin esperar nada, sigo viviendo porque la vida es más fuerte que todo eso.
Me ofreció tabaco, sacó su cachimba, y, después de cargarla cuidadosamente, prosiguió envuelto en grandes volutas de humo que le hacían fruncir sus ojos azules y candorosos. "



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