Mi perdición (fragmento)Alfred Hayes

Mi perdición (fragmento)

"Llevarla a un restaurante era un placer en sí mismo. Yo miraba fascinado mientras un par de anchas costillas de cordero a la francesa eran despojadas de grasa, mientras las papas desaparecían, la ensalada se acababa, el postre se esfumaba. Pensé en sus jugos gástricos con admiración. Sus dientes se celebraban a sí mismos como dientes. Dios mío: qué agradable era ver a una mujer que no se limitaba a picotear. Y cuando terminaba de comer, se apoyaba contra el respaldo del reservado y me sonreía, como si, ahora que se habían acabado las costillas de cordero o el bife jugoso o la langosta fra diávolo, me permitiera volver al marco de su atención.
No es que fuese glotona. Todo era simplemente delicioso. Y ella lo era: quiero decir, en toda la mecánica del comer. No devoraba la comida. La miraba con atención. No se zampaba el bife. Comer era la única manera de describirlo. Ella era una criatura que estaba en ese lugar para comer. Era la razón de que hubiese restaurantes. De que el chef se tomara tanto trabajo. De que las brochetas giraran.
Al tomar café, impresionadísimo por lo que había ocurrido con el menú, pensé que ella era lo que se dice una muchacha sana. Y me sorprendí pensando que pocas veces había tenido la impresión de que la chica o la mujer con la que me encontraba era realmente sana. Y pensé que, de un modo vago, había anhelado que lo fueran. Más de lo que deseaba que fuesen ingeniosas o eficientes o incluso lindas. Una chica de lo más natural, sin amargura, sin vueltas, sana. No salida del diván de un maldito analista. No una perra de pómulos huesudos y ojos furiosos a la que si le dabas el mundo en una bandeja de plata no le parecía suficiente. Porque no había la menor malicia en Aurora. De eso estaba seguro.
Por supuesto, actuaba. Se entregaba a jueguitos complicados. Como durante la película francesa. Tal vez hasta mentía un poco. O me provocaba un poco. Se divertía conmigo. Pero ¿por qué no? Yo era el golpeado. Golpeado por la edad, golpeado por la profesión que había elegido, golpeado por el matrimonio. Ella estaba entera, y era joven, y yo no podía ofrecerle nada de valor. No me iba a enamorar de ella; habría sido absurdo esperar que se enamorara de mí. Además, estaba Michael: ella era, de alguna manera que los dos aceptaban, de acuerdo con sus definiciones, su chica. Significase lo que significara ser la chica de alguien en aquel momento. No tenía demasiado apuro por enterarme. Se me permitía, con algún consentimiento, compartirla. Podía esperar que, cada tanto, mi parte de ella aumentara: que algo alterara, o incluso interrumpiera, esas sesiones vespertinas en el estudio bajo el tragaluz; pero me cuidaba de dar rienda suelta a esas esperanzas. "



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