Los enamorados (fragmento)Alfred Hayes

Los enamorados (fragmento)

"¿Por qué bebiste?, dijo. No deberías beber. Y no debes llamarme. Tenemos que terminar. (Qué tranquilizador era mentir de aquel modo, fingir estar derrotado e indefenso por completo, sobre la comodidad de su regazo). ¿De verdad estuviste, dijo acariciándome el pelo, todo este tiempo parado ahí afuera, esperándome? Es terrible. Imagina que hubiera habido alguien aquí. Te habrías hecho más daño. Es mejor así, lo sabes. No podía seguir a la deriva. Ya no sé quién soy ni adónde voy. Y te amé. De veras, créeme, te amé. No importa lo que pienses ahora. Es por Bárbara. Y no hubiera funcionado, lo sabes, amor; tengo que ser práctica, tengo que pensar en mi futuro. Y la voz lacrimosa que era mía, apagada en su regazo, respondió que sí, quizás era mejor así, como decía ella, a modo de evitar la despedida postergada, la partida aplazada, la separación pospuesta. Es que ella, dijo, quería cuidarme, no quería causarme ninguna pena. Yo era alguien muy querido para ella y, en la medida de lo posible, no quería hacerme mal. Y la perdonaría, porque yo comprendía cómo era todo, qué necesidades la apremiaban. La perdonaría, aquí, ahora, la última vez, en aquel momento salpicado de lágrimas, mientras nos alejábamos, separándonos. ¿Qué tenía que perdonarle? Ah, todo. Porque todo andaba mal; había que perdonar todo. La abracé furiosamente. Como para agregar a todos los abrazos de antes uno último e inolvidable. El que perduraría en la memoria. Porque ya la consideraba un fantasma. Sus ojos se llenaron de lágrimas en gesto de comprensión. Su boquita infantil, esforzándose por mantenerse firme, tembló en el drama agridulce. Y así, mientras la abrazaba, aquel beso que sería el último de todos nuestros besos, avanzó lentamente desde su mejilla hasta su oreja y después hasta su garganta. Se movió en mis brazos, casi con miedo. Supuse que no quería corresponderme; porque sentir deseo entonces hubiera sido casi una violación de la delicada membrana de emoción que se extendía sobre nosotros. Pero la besaba allí muy a menudo. Era su punto más vulnerable. Un tierno estremecimiento la recorría cada vez que mi boca la rozaba en esa zona. Ahora sentí el áspero gusto de la lana y extendí una mano, pensando que quizás pudiera revivir el fantasma de la pasión, le bajé el cuello del suéter, y ella gritó ¡no!, ¡no! Incrustadas allí donde había corrido el suéter, estaban las marcas hinchadas y rojas de unos dientes.
Se había librado de mi abrazo y yo quedé de rodillas, mirándola. Mi boca se abrió; hice un gesto trunco con la mano. A él no le habían hecho falta, al fin y al cabo, los mil dólares. Ella hacía un esfuerzo considerable por no mostrar miedo. Así que por eso se había puesto el suéter. Dije: no fue un gato. No fue ningún gato. Un ratoncito en celo. Me levanté del piso donde seguía de rodillas. Creo que el haber estado de rodillas agravó las cosas. Dije: te pusiste maquillaje encima, ¿no es así? Crema de limpieza. No sirvió de nada. Hay una sola posición en la que un hombre puede lograr una mordida así. Imité la voz de ella. Repetí las frases que negaban. Así que solo le había dado un besito de buenas noches. Dije: ¿por qué te molestas en cubrirlo? Con un moretón del otro lado te quedaría parejo. "



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