Hijos de Lázaro (fragmento)Robert Mawson

Hijos de Lázaro (fragmento)

"Alison miró fijamente las hojas arrugadas. Luego alzó la vista y observó a Frankie. Tenía la boca torcida y uno de sus huesudos hombros se sacudía como si alguien tirase de él con un hilo invisi­ble. Al cabo de un rato quedó otra vez inmóvil. Bajo la cama el respirador se accionaba con un chasquido, succionaba y expulsa­ba el aire como siempre, introduciendo oxígeno sin cesar en los tejidos de sus pulmones mientras la musculatura circundante se deterioraba gradualmente por falta de uso. Alison aborrecía ya la inexorable presencia de aquel aparato, un recordatorio mecánico e hipnóticamente repetitivo de su desesperanza. Aquella situa­ción la agotaba, consumía sus reservas de paciencia y determi­nación, avanzaba centímetro a centímetro por el campo de batalla en su peculiar e interminable guerra de desgaste.
Por esas fechas pasaba menos tiempo con Frankie, admitió Ali­son con remordimientos de conciencia. Seguía visitándola siempre que podía, casi a diario. Pero la vehemente compulsión de estar a su lado a todas horas perdía intensidad a medida que transcurrían los meses. Su religiosa adhesión inicial a una rutina flaqueaba ya a menudo; sus infatigables monólogos junto a la cama se interrumpían ahora con frecuencia, dando paso a pensativos momentos de silen­cio. El optimismo que había cultivado durante tanto tiempo se veía desplazado por el resentimiento, como un huevo de cuco empujado al vacío desde lo alto del nido por otro voraz polluelo.
[...]
Miró alrededor. Advirtió que una o dos enfermeras sonreían cortésmente pero con manifiesta extrañeza. Otras miraban al sue­lo desconcertadas. Una consultaba su reloj. La enfermera jefa permanecía contra la pared con las manos tras la espalda, los la­bios apretados y semblante inexpresivo. De repente Alison cayó en la cuenta, comprendió qué ocurría. Para ellas, Frankie había sido siempre como era en ese momento. No conocían otra ver­sión. Era su pequeña Bella Durmiente, la paciente a quien tenían que dar la vuelta o cambiar las bolsas, la paciente cuyas lecturas debían registrarse cada hora. La niña en estado vegetativo de la habitación número cuatro de la quinta planta. Sólo eso. No la habían conocido antes del accidente. Ni una sola persona en el hos­pital la había visto en un estado distinto de aquél. Para el perso­nal, Frankie carecía de sustancia, de personalidad conocida. No era una persona. Frankie, su Frankie, no existía.
Se encorvó de inmediato sobre su bolso y revolvió en el inte­rior hasta que la encontró, guardada en un bolsillo lateral. La sacó y la alisó con la palma de la mano. "



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