Huérfanos del mal (fragmento)Nicolas D'Estienne d'Orves

Huérfanos del mal (fragmento)

"Me cogieron de la mano y como tres bailarines, a lentas zancadas, atravesamos la terraza.
Cruzando la viña bajamos hacia el bosque. ¡Qué de fragancias maravillosas exhalaba la tierra! Visto desde allí, el castillo parecía un decorado de ópera.
No era momento para la contemplación, sin embargo.
Pasamos junto al avión y empezamos a internarnos en el bosque.
—Cuidado con las zarzas... —me previno Anne-Marie.
Al poco se hizo una oscuridad completa. La luz de la luna no penetraba aquella maraña de ramas, zarzas y arbustos. Avanzábamos lentamente. Los aromas del bosque se habían convertido en intensas emanaciones de musgo y moho, y la tierra se nos pegaba a los pies. A ratos veíamos algún rayo de luna. En aquel oscuro e intrincado laberinto vegetal, mis dos acompañantes se movían con una presteza asombrosa.
Así seguimos lo que me pareció un largo trecho, y llegamos por fin a la boca de una cueva abierta en la roca. Aquí mis guías hicieron alto solemnemente.
—A partir de ahora —dijo Gilles con un murmullo autoritario—, ni una palabra, ni un ruido, ni un movimiento brusco.
Se me acercó y percibí su aliento a ajo.
—Seguidme sin separaros. ¡Entramos en terreno prohibido!
Anne-Marie lo miraba con arrobo; habría seguido a «su» Gilles al fin del mundo.
El chico encendió una linterna y entramos en la cueva.
Oscuridad absoluta. Avanzábamos a tientas, agachados, por aquel túnel de roca. El haz de luz de la linterna de Gilles me parecía lejísimos delante de nosotros. A veces rozábamos las paredes con la cabeza y recibíamos una ducha de salitre. Los ruidos sonaban ahogados y el olor a humedad casi mareaba.
Sin confesármelo, empezaba a tener miedo.
Iba a preguntar dónde estábamos cuando mis amigos se detuvieron de repente.
Gilles alumbró una pared y luego, muy rápidamente, el resto del recinto; apenas fue un instante, pero lo vi todo. "



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