En el cerro Famatina (fragmento)Joaquín Víctor González

En el cerro Famatina (fragmento)

"Quedé rendido por la fatiga del espíritu. Nunca había contemplado ese cuadro, aunque mi niñez transcurrió en esos valles y en presencia de ese mismo monumento de los siglos: pero una larga ausencia de mi suelo nativo me había transformado, y mi corazón hambriento de emociones, no pudo resistir sin desfallecimiento a la súbita aparición de aquel valle y de aquella montaña, a cuyo pie transcurrieron los más bellos días de mi vida, y en donde las más sangrientas tragedias forjadas por el odio de los hombres, habían enlutado los hogares y repleto de cadáveres sus rústicos y humildes cementerios.
El cielo estaba limpio, y su azul comenzaba a iluminarse con las claridades precursoras de la luna. Mi cerebro no descansaba, porque al deslumbrante fenómeno del día expirante, comenzaban a suceder las apacibles y silenciosas escenas de la noche siempre bella, siempre amiga, siempre llena de misterios y de encantos. Comenzaron a hablarme en su lenguaje armonioso todos los gritos, los cantos, los rumores, los aleteos y los lamentos de cuantos seres viven del aliento de la sombra. Mi memoria volaba por el pasado evocando un recuerdo en cada accidente del valle, que divisaba desde lo alto de la cumbre, merced a la luna que desgarraba las tinieblas; y así, lentamente, los pensamientos se convirtieron en sueños cuando mis ojos se cerraron al peso de la fatiga del cuerpo y del alma.
Pero me esperaban aquella noche otra sorpresa y otro sacudimiento tan profundos como los del día. Me despertó de mi sueño un estampido sordo e intermitente que parecía venir del fondo de las montanas, que temblaban como si fueran a desquiciarse; abrí los ojos y vi la luna siempre radiante en el zenit, la cumbre nevada del Famatina brillar a lo lejos como un astro inmóvil, pero había una especie de polvo luminoso interpuesto entre mi vista y el firmamento; corrí a la cima de una roca que dominaba el horizonte, y desde donde la pendiente era casi perpendicular; desde allí, petrificado por el espanto, la admiración y el estupor, fui testigo del drama más grandioso de la naturaleza que es dado contemplar a los hombres. "



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