Monólogo de una mujer fría (fragmento)Manuel Halcón

Monólogo de una mujer fría (fragmento)

"Son las ocho de la mañana. Volví a casa a la una y media. He dormido desde las dos. El cuerpo gravita. No diré que me haya deja­do hecha polvo, porque no es eso. Me ha dejado iluminada. Veo que tendré que esperar a que el cuerpo vaya tomando forma bajo las sá­banas. ¿Y él? Él tiene cincuenta años. Me gusta pensar en que él tam­bién se sentirá pesado en la cama y que le costará trabajo esta maña­na poner de punta los huesos duros.
No ha sonado el teléfono. No se irá de Madrid sin decirme adiós. No quiero pedir el desayuno para que no me interrumpan la conversación con él. Necesito hablarle con ternura. Estuve dura anoche en la cena ha­blando del asunto de Tina. Le insinué ciertas verdades. Tengo que acos­tumbrarme a prescindir de la verdad sin recurrir a la mentira. Pero si el ser guapa y rica no me sirve para librarme de la lepra de la mentira, ¿de qué va a servirme la verdad? Esto de usar la verdad como un arma es una ilusión que tengo, quién sabe si vana. Vaya usted a saber la de mentiras que una dice sin darse cuenta. Sí, algunas veces me sorprendo con una mentira en la boca, pero siempre son mentiras que a nadie perjudican y a mí me sirven para llenar un hueco. Jamás he mentido cuando se trata de sentimientos, de la fama ajena o de dinero.
Estuve dura porque cuando él dijo lo que yo me temía, lo que ya había intuido, aquello de «yo me siento ligado a Tina por un viejo asunto económico», mi sonrisa seca de suficiencia, en vez de mirada de conmiseración, le desconcertó. ¿Qué adelanta una mujer con descon­certar al hombre que ama? Dios sabe lo que tendré que pagar por este alarde. ¿Alarde de qué? ¿De qué puede alardear una mujer enamorada? Bueno, no hay que sentirse tan inutilizada. Hay que batir las armas. Los antiguos guerreros hacían con ellas ruidos para alejar el miedo. Lo último es quedarse callada, en arrobo, junto al hombre.
Pero no llama y son ya las nueve y media. Pensaba salir entre ocho y nueve. ¿Se habrá ido? ¿Habrá llamado al office en vez de por el directo?
—¡A ver, Petra! ¿Nadie? ¿Se habrá enfadado? ¿Le habré ofendido? Llama por fin, a las doce. Desde la cama:
—Me siento tan feliz... Me cuesta trabajo dejar esta atmósfera tuya que guardo encerrada sin abrir las ventanas. Ahora saldré con tres ho­ras de retraso. Vale la pena.
Ya sé que lo que le pasa es que no pudo con su cuerpo a las ocho de la mañana.
Yo estoy hecha unos zorros. Comeré en la cama. Tampoco esta vez me he bañado, huelo a él, nada de lo que me da es para mí desperdicio.
Ahora sus caricias, como en unas calcomanías, van apareciendo di­bujadas, coloreadas, cada una en su sitio. Esto es como una rumia so­segada en la que la substancia del amor vuelve definitivamente a la sangre. Y una vez más me pregunto: ¿Estoy para siempre perdida? Un esfuerzo. Por lo pronto, hay que echarse fuera de la cama, librarse del calor de las sábanas. "



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