Descenso de Eneas al infierno (fragmento)Juan Jacobo Bajarlía

Descenso de Eneas al infierno (fragmento)

"Me pone en la parrilla y me dora por ambos lados mi­rándome con ojos llenos de ternura. A veces me tuerce una pierna o un brazo, o me atraviesa la lengua con una aguja enrojecida al fuego. Otras, me coloca en la rueda y me descuartiza. Después manda venir a Castrofides y le da un látigo para que se cebe sobre cada uno de mis miembros separados. Yo no me quejo, no protesto. Y cuando Radamanto me pregunta acerca del dolor que he padecido, le respondo que todo ese castigo sólo me pro­duce indiferencia, a lo sumo un pequeño cosquilleo que sólo se resuelve en una sonrisa diabólica. Después de esto Radamanto redobla conmigo sus refinamientos, y yo le contesto con las mismas palabras."
Eneas, asombrado, le pregunta a Pietrafeltri el porqué de tanta capacidad para la absorción del castigo. Y éste, animándose por primera vez, con los "ojos fulgurantes", agrega: "Tú lo has dicho, Eneas. Tuve una mujer que me admiraba y muchos amigos que festejaban mi pru­dencia. Pero mi suegra, la santa Periclea, tenía una len­gua inextinguible. Se ubicaba en mi alcoba al levantarme, y me hablaba de su divina hija, de mi afición a sacar la espada y otros vicios. De mi manera de abrir la boca, sentarme, ponerme rígido y mirar la luna. Luego me seguía, me recordaba historias pasadas, las fábulas de Esopo, como aquélla del lobo con la piel de cordero, la primera noche nupcial, las que siguieron, la última y las que siguieron a la última. Después, noche y día y a todas horas y hasta detrás del baño. Y su lengua hablaba, hablaba, silbaba como un pito y seguía hablando sin tomar aliento. Y un día seguía al otro y una lengua a la otra. Durante el sueño sólo veía lenguas, lenguas fantasmales que cruzaban el Erebo y se erguían sobre rocas encendidas que estallaban, lenguas azules, rojas, amari­llas, que formaban el arco iris y terminaban tragándose al planeta. En esa situación, perdido el juicio, viendo lenguas arriba y abajo, hacia atrás y hacia adelante, lenguas en el aire y en los platos, en la silla en que me sentaba y en el lecho en que yacía, decidí acabar con mi vida terrena."
Eneas comprendió. Pietrafeltri, para descansar de su suegra, prefirió las torturas del Infierno. Pero Eneas, olvidado de la recomendación de la Sibila, sintió de pron­to un lengüetazo sobre las nalgas y salió disparando por los aires. Cuando se detuvo, muy lejos del infierno, y ya perdida la ocasión de visitar sus vericuetos, una serpiente, proyectando su lengüetilla como un estilete, le dijo: "En el principio de los tiempos las lenguas que se arrastraban sobre la tierra húmeda adquirieron una ex­traña flexión y comenzaron a modular sonidos. Luego se alzaron y así se originó la vida. "



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