La hechicera de Castilla (fragmento)Sholem Asch

La hechicera de Castilla (fragmento)

"Se oía el tintineo de las campanillas de plata, agitadas por los monjes que iban delante de la Sagrada Efigie. Los cardenales, con sus altos gorros carmesíes y sus largos báculos, dirigían los cortejos.
Y entre el humo del incienso se elevaban figuras de santos, que iban sobre los hombros de los fieles, de leprosos, vencidos por el dolor, de seres desnudos, con puñales hundidos en el cuerpo y gotas de sangre coagulada brotando de sus heridas abiertas; algunos mostraban, con los rostros compungidos, las hernias que aún conservaban de las uñas clavadas. Y detrás de ellos seguían, a lo largo de kilómetros, hileras de monjes, con máscaras de muerte, cubiertos con sus negros hábitos, que llevaban una calavera bordada en blanco, y por los recortados ojos de la calavera mostraban sus extraños ojos de horror.
Los disfrazados de esqueletos llevaban largas velas amarillas de cera, dando la sensación de que los muertos habían salido de sus sepulcros y marchaban por las calles de Roma.
Desde la madrugada se oyó un canto, que no era tal, sino el extraño grito de la muerte que corría por las calles de Roma, y que sumía a toda la ciudad en un pánico precursor de algo desconocido que se avecinaba.
Todas las procesiones se dirigían a las puertas de la Iglesia del "Sagrado Corazón"; una vez allí, bajaron las banderas, las efigies sagradas y las figuras de yeso de los hombros, las llevaron a la capilla donde Pastillo había terminado sus frescos y las depositaron ante el altar de la Santa Madre, donde se colocaría el nuevo cuadro de la Madre de Cristo, que debía surgir acto seguido en el espacio, mediante un procedimiento secreto inventado por un mecánico.
La iglesia aparecía rebosante de cardenales, obispos, sacerdotes, monjes y monjas. Todos, en sus hábitos, arrodillados en el suelo, esperaban el gran momento en que la "Santa Doncella" aparecería ante el altar. Sonaba el órgano y cantaba el coro de la iglesia, acompañado por el pueblo; hombres, mujeres y niños, como agitadas olas de un océano, se empujaban unos a otros en las puertas, pugnando por entrar. La iglesia estaba ya repleta, y millares de cabezas, como las aguas de un río desbordado, cubrían el césped de la plaza, alrededor de la iglesia; estos fieles sólo podían ver las amarillas velas de cera, ardiendo en los altos candelabros de madera, como columnas encendidas, que se elevaban por encima de las cabezas de los sacerdotes de blancos hábitos y por encima de los monjes con máscaras de calaveras; sólo oían los cánticos que llegaban desde el templo, y permanecían en completo silencio. "



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