Gente de las pusztas (fragmento)Gyula Illyés

Gente de las pusztas (fragmento)

"Los gritos de aliento pasaban a ser de burla, comenzaba la chispeante improvisación: era la competición intelectual. Por fin alguien alcanzaba la cima y volvía con una botella de vino..., que a veces contenía vino. Porque en más de un caso el líquido amarillento solo se parecía al vino por el color. Así contribuían los del castillo al buen humor de la gente. La broma surtía su efecto, y los criados huían del engañado, que trataba de rociarlos, y se reían a gusto de él. Cuando ya habían bajado todos los objetos de valor del árbol, se iniciaba el baile. Este duraba hasta que empezaba la pelea.
La pobreza nos llegaba desde el condado de Fejér, en prolongadas e inevitables oleadas. Mi abuela materna había asumido, además de la de sus hijos, la educación de la hija de una pariente lejana, y lo había hecho cuando la niña aún se hallaba en el vientre de su madre. Se encargó incluso de su bautizo. La muchacha, mi tía Malvi, se casó por amor con un suboficial asombrosamente atractivo llamado Daniel Szerentsés. El guapo suboficial, que había llegado a la puszta como miembro de una comisión encargada de comprar caballos para la administración pública, renunció, ciego de amor, a su carrera militar. Cuando cayó aquel maravilloso uniforme, tía Malvi despertó a la realidad: en la vida civil, su marido era un simple cochero.
Así y todo, aguantó a su lado heroicamente. Seguía a su marido con la cabeza bien alta, con el orgullo de las mártires; sonriendo se sumió en el espantoso mundo de los Szerentsés. A la primera inmersión ya se identificó totalmente con ellos, como si se hubiera sumergido en las aguas mágicas de los cuentos. En la familia de mi madre todos hablaban en voz baja... Al cabo de un mes, tía Malvi despotricaba como un cochero con las manos en las caderas y quería llevárselo todo de casa. Solo paría mellizos. Trajo al mundo seis hijos en tres tandas, de los cuales fueron muriendo uno cada año, de modo que solo dos llegaron a la edad de diez. Llevaban cuatro años casados cuando el guapo cochero murió de tuberculosis. Desde que se casó, tía Malvi vivió en casa de su suegro, también cochero de profesión; siguió viviendo allí de la caridad de sus anfitriones, que se lo hicieron notar en más de una ocasión.
Los Szerentsés inundaron el mundo partiendo de la hacienda L., situada en la zona de Vajda. Eran una multitud, y vivían el parentesco con entusiasmo, no solo respecto a nosotros, sino también a la familia de mi padre, y aguantaban con tenacidad la indiferencia y las gélidas miradas. Después de caminar durante toda una noche, ancianas de cien años entraban en nuestra casa y se quedaban dos o tres días, el cielo sabe para qué. De hecho, apenas comían. "



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