Los vencidos (fragmento)Ernst Bark

Los vencidos (fragmento)

"Durante los largos meses que D. Francisco apenas se dejaba ver en la tienda cuidando a su esposa, manejaba Primitivo a su gusto las cosas; y en efecto, apenas la madre de Matilde ya había salido fuera de todo peligro y que por un susto ya no había que temer mortales consecuencias, ocurrió la desgracia que debía arruinar al almacenista y a la vez borrar para siempre las huellas de los desfalcos en género y dinero ocasionados durante la ausencia del amo.
Una noche cuando los tres dependientes, entre ellos Primitivo, estaban durmiendo encima del almacén, donde tenían una habitación para ellos, mientras que el amo vivía desde la enfermedad de su esposa en la casita rosa del Castillo, se prendió fuego la tienda y con tanta rapidez se extendió el incendio que no se pudo salvar nada.
Gente maliciosa murmuraba que el fuego no podía ser fortuito y había quien afirmaba haber visto despachar en la tienda pocos días antes numerosas cajas llenas de géneros, pero nadie podía afirmar nada seguro sobre el asunto y todas las pesquisas del desgraciado D. Francisco resultaron infructuosas. El tampoco podía explicarse cómo era posible que el fuego se extendiera con tan extraordinaria rapidez y se quedaba con la terrible sospecha de que una mano criminal había ocasionado su ruina.
Sin embargo, su rectitud no le permitía el formular la acusación contra nadie y tampoco podía inculpar de mal intencionado a su dependiente Primitivo, por haber este olvidado pagar con regularidad las pólizas del seguro de la tienda, y, según el contrato con la compañía, había perdido todo derecho a una indemnización.
Parece que el padre de Matilde comprendió el íntimo enlace entre el incendio y su hija, pues dijo con severa mirada al dependiente abandonado: tú ya tendrás tu resolución tomada, vete con Dios y que seas feliz; y cuando Primitivo quería despedirse de la familia, le mandaba decir su antiguo amo que no podían recibirle.
En pocas horas había quedado la familia de Matilde completamente pobre, y un comerciante sin capital es un jinete sin caballo. Eran semanas y meses de prueba para el desgraciado D. Francisco y el eco de aquellas angustias había llegado a Erico por las cartas de su novia, sin que el literato adivinara que la ruina había sido tan completa y que la miseria estaba amenazando a la familia de su adorada.
La habilidad del andaluz pronto encontró remedio para todas estas dificultades. D. Francisco había sido uno de los primeros que hacía unos treinta años supieron explotar el entonces nuevo comercio de petróleo, comprando grandes cantidades del líquido americano y vendiéndolas después a precios crecidos. Quien una vez ha sabido hacerse rico de la nada no se asusta tan fácilmente, aunque con cincuenta años no se encuentre con tantas energías como con veinte.
Para poner otro establecimiento aceptaba los ofrecimientos de un procurador cuyo cuñado tenía la representación de varias importantes fábricas alemanas de quincallería y lampistería, y en efecto, el curial mencionado D. Carlos, hijo de un antiguo alcalde de Málaga víctima de la demagogia durante la revolución, supo ganar tan pronto las simpatías del bondadoso comerciante que este se vio precisado a invitarle de cuando en cuando a comer con su familia en la casita del Castillo. "



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