Vuelan las palomas (fragmento)Carlos Gorostiza

Vuelan las palomas (fragmento)

"—Para mí no hay crisis —fueron unos de los primeros conceptos que dejó caer el Pata con exagerada negligencia sobre la mesa de café poco después de haber aparecido. Estaba sentado frente a Nacho con el sombrero puesto y luciendo un traje oscuro a rayas blancas y una corbata tejida, negra y angosta. Los dos amigos, cada uno por su cuenta, habían abandonado sus habituales escenarios de la infancia —los cordones de la vereda, los umbrales de las casas, los alféizares de las vidrieras comerciales— trocándolos por los acogedores espacios de los cafés, que cuando contaban con sala de billares ofrecían no sólo una solución para el aburrimiento sino además el sonido seco y rutinario del chocar de los tacos contra las bolas, que a veces servía para disimular la eventual violencia de las conversaciones.
—Mira —insistió el Pata sacando del bolsillo del saco un fajo de billetes y exhibiéndolo con total impudicia—. De qué crisis me habláis.
Ahí empezó la discusión. Desde hacía un tiempo Nacho solía oír esa palabra en cualquier lugar que frecuentaba. Se hablaba de crisis hasta en su propia casa, donde una seria preocupación se había apoderado de cada pensionista, de su madre y especialmente de Felicia, quien con alarma veía cómo se iban achicando las listas de pedidos de las sombrererías. Y si había un lugar donde más se hablaba de crisis era en su propio lugar de trabajo. Nacho —ya casi Ignacio— se había iniciado con bastante entusiasmo en un oficio que, más allá del modesto sueldo quincenal que le habían adjudicado por su condición de aprendiz, tuvo la virtud de conectarlo con su inclinación ya innegable hacia la lectura. Porque su primer lugar de trabajo fue una imprenta. Lo eligió o él fue elegido una tarde de verano, el último en que vistió pantalones cortos. Como tantas otras tardes estaba echado a lo largo del umbral de mármol de la puerta de calle de su casa con un libro entre las manos, concentrado en la lectura y ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor, cuando el “Buen día” pronunciado por una voz de bajo persuasiva y algo ronca, que en seguida reconoció, rebotó sobre la página 35 de Robinson Crusoe y le hizo levantar la cabeza. "



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