Mujer bajando una escalera (fragmento)Bernhard Schlink

Mujer bajando una escalera (fragmento)

"El haber dejado su defensa justo después de que el profesor tuviera que ingresar de nuevo en el hospital, y cuando junto a la acusación por alteración leve del orden público también se estaba considerando otra acusación por alteración grave, tuvo el efecto de que pareciera que yo me distanciaba de mi antiguo compañero, y eso no ayudó en su defensa.
¿Habría conseguido yo la absolución? Estaba convencido de que sí. Quería ganar mi primer, y probablemente único, proceso penal y recurrí a un detective privado que logró averiguar que había sido el conserje, indignado, quien había iniciado la pelea y que el profesor había sufrido con anterioridad algunos ataques de epilepsia. Naturalmente, se lo comuniqué al abogado que me había sustituido, pero no fue lo suficientemente hábil. Quizá otro habría sido mejor y… más caro. Y yo le había prometido a mi antiguo condiscípulo que sería yo quien asumiría los gastos.
Él no habría podido costearse ni siquiera el abogado que le busqué para sustituirme, y mucho menos uno mejor. Yo no le debía nada. En el colegio y durante los primeros semestres en la universidad fuimos amigos, pero de eso hacía mucho tiempo. Él era un eterno estudiante y yo no quería desperdiciar mi vida, así que pronto no hubo nada que nos uniera. Por entonces las condenas políticas por asuntos penales eran draconianas y se le sentenció a prisión incondicional. Puede que no fuera tan terrible para él; puede que no le supusiera un gran cambio holgazanear dentro de la prisión o fuera de ella. Yo no fui a visitarlo a la cárcel y él no se puso en contacto conmigo cuando salió. No sé qué habrá sido de él.
Yo no le debo nada a nadie y tampoco tengo que agradecer nada a nadie. Cuando recibo algo, devuelvo el favor. Cuando alguien es generoso conmigo, soy el doble o el triple con él. Puedo afirmar que en las relaciones con mis amigos y conocidos se da un justo equilibrio. En el aspecto profesional ya es otra cosa, pero en ese campo no se atribuyen las ventajas a la generosidad del otro, sino a la propia habilidad.
Empezó a llover. No podía seguir en la terraza, así que me quedé junto a la puerta y me puse a escuchar el ruido de la lluvia. Hasta que oí un ruido extraño en el piso de arriba y subí. En la habitación de Irene el viento había sacado la cortina por fuera de la ventana y la tela mojada estaba golpeando la pared. Metí la cortina y logré cerrar con mucho esfuerzo aquella ventana desvencijada. "



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