La uruguaya (fragmento)Pedro Mairal

La uruguaya (fragmento)

"La chispa primera había sido en un instante mientras Guerra bailaba allá arriba y yo bailé también aunque mínimamente, haciendo un giro lento hacia la izquierda. Pensé en eso. Y cómo a ella le gustó cuando lo hice. Me acordé de algo que leí alguna vez: unos antropólogos hicieron un estudio del baile y el movimiento. Midieron específicamente las reacciones y decisiones de las mujeres frente a los hombres, tenían que elegirlos después de verlos bailar. Una de las conclusiones decía que las mujeres, en todas las culturas, preferían a los hombres que giran más sobre su pierna izquierda que sobre su pierna derecha. El giro hacia la izquierda es más seductor que el giro hacia la derecha. ¿Por qué será eso? Como si hubiera un comportamiento celular, de cuando teníamos el tamaño de una bacteria, cuando toda nuestra opción de movimientos era girar para un lado o para el otro. Yo había hecho ese giro, la había hecho reír a Guerra, después me fui al baño y la escalera giraba hacia la izquierda. Me fui por la espiral, mi espiral. Tu espiral, Cata, el diu. Tener o no tener otro hijo. O una hija. Pensé en una hija, creo que por primera vez en mi vida. ¡Una hija! Yo podía tener una hija. Pensé en unas mamushkas, una mujer dentro de una mujer dentro de una mujer, pensé en la cadena de polvos que nos trajo hasta acá, en mi caso una serie de españoles y españolas y portugueses y portuguesas cogiendo, y unos irlandeses y unas irlandesas celtas de mi lado materno diciéndose cosas calientes al oído, como puteadas de amor, inseminándose y devorándose el corazón los unos a los otros. ¿De dónde venía y hacia dónde iba mi espiral? ¿Qué era ese bajo afro ahí, ese pulso que tan bien había desenrollado Guerra en su miniatura de candombe y que me había quedado sonando? El Peñarol de los negros. Ese tambor grave que hace tierra entre los otros tambores más agudos, casi gutural, ese baile como si quemara la arena bajo los pies. ¿El animal que yo era no iba a tener más hijos? ¿Se le había acabado su misión reproductiva? Estaba en la mitad exacta de mi vida, hasta ahí me había dado la cuerda, ése era el borde, el final del arcoíris, lo máximo que se estiraba la soga, ahora todo era volver, subir la escalera en la otra dirección, desenroscarme. Mi destino, por alguna razón, había sido llegar a tocar el botón frío de la descarga del inodoro en ese sótano de Montevideo, un botón secreto que activaba algún mecanismo imperceptible de la máquina, y absorbía el remolino negro del agua, el rugido de león del baño al que tanto le temía de chico… Era, en ese momento, solo un borracho meando, es cierto, y fumado, pero extasiado por mi gran noche personal, mis estrellas como dragones en el cielo, cometas atrapados en un vórtice, la rotación de la Tierra, la posibilidad de ver en la oscuridad total por la ventana de un instante el infinito espectáculo del Cosmos. Sacudí las últimas gotas, me cerré el pantalón y salí a tientas hasta encontrar de nuevo la llave de luz.
Subí despacio y, medio ciego por los tubos de neón, entré en el local de tatuajes. Un pelado de barbita me saludó. Tuvo que abandonar algo que estaba haciendo en la computadora. "



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