Mi perro idiota (fragmento), de Al oeste de RomaJohn Fante

Mi perro idiota (fragmento), de Al oeste de Roma

"Como a todos los hombres, a Henry J. Molise le había llegado la muerte. La coartada perfecta. Molise no volvería a escribir nunca. Molise, querido por los críticos por las cuatro novelas de su juventud, estaba ahora más muerto que vivo en Point Dume.
Con fama de loco, atormentado por las úlceras, ausente de todas las reuniones del Gremio de Escritores, visto con regularidad en la tienda de licores y en la Oficina de Empleo. O paseando por la playa con un perro enorme, imbécil y peligroso. Auténtico plasta en las fiestas, hablando de los viejos tiempos. Se emborracha todas las noches viendo programas de entrevistas en la tele. Peleado con su agente y actualmente sin representante. Habla obsesivamente de Roma. Vaga sin rumbo por su patio, cascando pelotas de golf con un hierro del nueve. Despreciado por sus cuatro hijos. El mayor de los varones desprecia a la raza blanca y se casaría con una negra. El mediano recibe prestaciones del Estado mientras trata de ser actor. El menor es demasiado joven para contribuir a la desintegración de la familia. La hija, enamorada de un golfo que hace surf. La leal esposa atiende a sus necesidades personales preparándole saludables comidas a base de natillas y huevos pasados por agua, y le acompaña frecuentemente al cuarto de baño.
Encendí una pipa, salí al patio y me desplomé en una silla. La calurosa noche estaba muy silenciosa en apariencia, pero al fondo se oían el violento bramido de la pleamar, el chirrido de los grillos, el gorjear de los pájaros inquietos, los chillidos de las ardillas, el rugido de los aviones que pasaban veloces como el rayo, los chasquidos de los pinos y la fantasmagórica sensación de que el aire se había incendiado.
Otra vez me asediaba el insoluble y fundamental interrogante de mi vida. ¿Qué diantres hacía yo en este pequeño planeta? ¿Cincuenta y cinco años para esto? Era absurdo. ¿A qué distancia estaba de Roma? ¿A doce horas? Nápoles también estaba bien. Positano. Ischia. ¿Era éste el final de mi vida, una casa en forma de Y en Point Dume? No podía creerlo. Dios me tomaba el pelo.
Idiota salió de la oscuridad con pasos sigilosos. Me miró la pierna que tenía colgando, me miró a mí y calculó las posibilidades. Y trató de sentarse a horcajadas en la pierna. Se la quité de debajo. Desilusionado, apoyó el hocico en mi muslo y le acaricié el pescuezo. Necesitaba ayuda. ¡Dios bendito, si aquel perro pudiera hablar! ¡Si hubiera podido hablar con mi hermoso Rocco, qué diferente habría podido ser mi vida! "



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