El capitán y el enemigo (fragmento)Graham Greene

El capitán y el enemigo (fragmento)

"Cobré el cheque, no sin ciertas dificultades (imagino que llamarían por teléfono a Panamá, y siete horas de diferencia horaria no facilitaron las cosas). Tenía remordimientos, desde luego, pero se apaciguaron en cuanto pagué a mi padre sus cincuenta libras. Incluso, con mi nuevo caudal, me obsequié con una ración de salmón ahumado y un Burdeos seco en un restaurante de Soho que en circunstancias normales no hubiera podido permitirme. De todos modos, descubrí que no disfrutaba de mi solitario almuerzo tanto como esperaba. Y no era por el dinero; creo que era porque aún no había escrito al Capitán para informarle de que Liza estaba mal, seguramente muriéndose.
Poco después de mi pequeño festín, llegó otra carta, con la indicación de «Urgente». Me llegó cuando iba a desayunarme con tostadas y té, y no comí ni bebí hasta que la hube leído dos veces.
«Mi queridísima Liza: Quizá después de todo sea mejor que no vengas todavía. Hay dificultades —problemas— y no quiero que tengas que preocuparte. Espero que hayas cobrado el cheque que te mandé, porque de momento no puedo mandarte más, por estas dificultades. Volveré a escribirte lo antes posible, y no será muy tarde, te lo juro. Dile a Jim que no se preocupe tampoco. Las mulas están llegando, pero hay algún que otro bache en el camino. Baches inesperados y a veces muy hondos. Ojalá esta carta no fuera tan fría, cuando lo que yo quiero decirte es cuánto te echo de menos. Pienso en ti a todas horas. Pero, Liza, ahora ya no falta tanto, estoy seguro. Tu Capitán». Y, luego, la inevitable postdata. «Antes de acostarte, piensa en mí». En un principio, había escrito «Al acostarte» y luego rectificó, por alguna misteriosa razón, como no fuera para evitar toda connotación sexual. «Juntos no lo pasábamos mal muy a menudo, ¿verdad?». Una pretensión muy modesta, a mi modo de ver, para un enamorado. Si era realmente un enamorado. No era éste el lenguaje que yo asociaba con el amor. Quizá eran las mentiras fáciles de un hombre decidido a mantener tranquila y a distancia a una mujer.
Me vino a la memoria una comparación y saqué de una carpeta de mi escritorio el borrador de una carta que yo había escrito un año antes. Yo siempre hacía un borrador de las cartas de amor, y ésta estaba dirigida a una muchacha llamada Clara, de la que me creía enamorado. Me preguntaba —otra de mis preguntas— si el Capitán también haría un borrador y si esta vez se habría equivocado en el envío, ya que su carta tenía todo el aire de un primer borrador no destinado a ser enviado. Al fin y al cabo, no tenía nada malo hacer un borrador. De los artículos para el periódico también hacía un borrador. En los dos —la carta de amor y el artículo— yo me esmeraba a fin de surtir el mayor efecto posible en el lector. Hasta los poetas, me decía, hacían borradores y ningún crítico les condenaba por falta de espontaneidad. Los poetas guardaban los borradores y a veces eran publicados después de su muerte. A juzgar por la copia en limpio, si ésta era la copia en limpio, los borradores del Capitán debían de ser realmente toscos y no era fácil que encontraran editor. "



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