Escenas matritenses (fragmento)Ramón de Mesonero Romanos

Escenas matritenses (fragmento)

"Nuestra bella mal maridada llevó con paciencia el primer año de aquel tiránico amor: -en este punto hay que alabarla la constancia, que en el día podría hacerla pasar por una Penélope; -pero al fin, el primer año pasó, y vino el segundo; y entonces observó que su marido siempre era el mismo; un señor por otro lado muy formal y muy buen cristiano, pero sin espada ni redecilla, ni botones de acero, ni mucho sebo en el peluquín; -que entonces las mujeres se enamoraban de las pelucas, como ahora se enamoran de las barbas.
Observó que a su edad (que tenía ya treinta cumplidos) todavía no sabía bailar el bolero, ni cantar la Tirana, ni había podido tomar partido entre Costillares y Romero, ni sabía qué cosa era el arrojar confites a Manolito García; cosas todas muy puestas en razón, y que para servirme de una expresión galo-moderna, hacían furor por aquellos tiempos de gracia. -Advirtió que su casa era siempre su casa, y las ventanas siempre con celosías, y el perro siempre acostado a la entrada, y el Rodrigón siempre en acecho a la salida, y los muebles siempre silenciosos, y los libros siempre Santa Teresa y Fray Luis, y las estampas siempre el Hijo Pródigo y las Bodas de Canaá.
Por algunas expresiones sueltas de algunas amigas (que nunca faltan amigas para venir a enredar las casas) llegó a adivinar que extramuros de la suya había alguna otra cosa que no era ni su marido, ni sus pájaros, ni sus celosías, ni sus tiestos, ni sus lignum crucis, ni sus San Juanitos de cera. -Supo que había teatros y toros, y meriendas y Prado, y abates y devaneos; y como la privación es salsa del apetito, rabió por los abates y por las meriendas, y por el Prado y por los toros, y por la comedia y por los devaneos.
Pero a todos estos extraños deseos hacía frente la faz austera del esposo, que rayando en una edad madura, y práctico conocedor de los peligros mundanos, se consideraba en el deber de apartar de ellos con vigilante constancia a su joven compañera, sin que ésta por su parte se lo agradeciese, como que sólo veía en ello un exceso de egoísmo, y una implacable manía de ejercer con ella su conyugal autoridad.
Desengañada, en fin, de la inutilidad de sus esfuerzos para quebrantar sus odiosas cadenas, hubo de conformarse al reducido círculo de sus obligaciones domésticas. Por fortuna el amor maternal pudo hacerla más halagüeña su existencia: tres hermosos niños vinieron sucesivamente a endulzarla; los criaba ella misma, por no haberse establecido aún la funesta moda que releva a las madres de este sublime deber; vivía con ellos y para ellos, y sus gracias inocentes casi la llegaron a reconciliar con unos lazos que antes miraba como tiránicos y opresivos. "



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