El buque fantasma (fragmento)Frederick Marryat

El buque fantasma (fragmento)

"Felipe se puso de pie sobre los banquillos de popa para inspeccionar la tierra que sólo distaba unas cinco millas, y su corazón se inundó de gozo. La brisa arreciaba por momentos y la mar se picaba cada vez más. El viento les cogía de través; pero la vista de la costa regocijaba a los marineros, que remaban ardorosamente. Sin embargo, la pesadez de la balsa embarazaba la marcha hasta el punto de que empleaban una hora en adelantar una milla.
Al mediodía no les separaba de la costa una distancia mayor de tres millas; pero, al pasar el sol por el meridiano, cambió el tiempo y aumentó la marejada. Los náufragos llegaron a temer que la almadía desapareciera completamente bajo las aguas. A las tres de la tarde no habían adelantado media milla, y los remeros, que estaban en ayunas, comenzaron a dar señales de cansancio. Todos estaban sedientos, desde el niño que se abrazaba a su madre pidiéndole agua, hasta los marineros que empuñaban el remo. Felipe procuró alentarles, pero se encontraban tan fatigados y veían la tierra tan próxima, que, conociendo que el remolque de la almadía les impedía llegar a la costa, principiaron a murmurar mostrando deseos de cortar los cabos que los sujetaban a la balsa y salvarse ellos. Este sentimiento de egoísmo no prevaleció, pues los argumentos y amenazas de Felipe les obligó a remar otra hora, al cabo de la cual ocurrió un incidente que decidió la cuestión.
La violencia de las olas, cada vez más impetuosa, fue destruyendo poco a poco la almadía, hasta el punto de ser dificilísimo a los tripulantes el mantenerse en ella. Un agudo grito, mezclado con gemidos e imprecaciones, llamó la atención de los que iban en los botes, y Felipe, al volver la cabeza, vio que las cuerdas que sujetaban las diferentes partes de la embarcación se habían soltado quedando la balsa convertida en dos. La escena que entonces se desarrolló fue terrible; muchos maridos se encontraron separados de sus esposas e hijos, pues la parte de la almadía que continuaba remolcada por los botes, quedó en seguida separada de la otra. Algunas infelices gritaban levantando en el aire a sus hijos; otras, más desesperadas, se arrojaron con ellos al mar, intentando reunirse a sus esposos, pero ninguna lo conseguía. La situación se agravó aún más, pues las cuerdas continuaron soltándose y la superficie del mar se cubrió de despojos de ambas embarcaciones, a los cuales se agarraban los náufragos en su agonía. Las berlingas y vigas chocaban con furia unas contra otras destrozando a los infelices que se asían a ellas, y aunque los botes acudieron pronto en su auxilio, como era una imprudencia aventurarse entre los restos de la almadía, no lograron salvar más que a los marineros y a algunos soldados de los que en ella iban; las mujeres y niños perecieron todos. Felipe estaba anonadado y durante algún tiempo el pesar le impidió dar ninguna orden acertada.
Eran las cinco de la tarde; los botes bogaron hacia la costa, y cuando el sol que había alumbrado aquella tragedia comenzaba a ocultarse, los sobrevivientes desembarcaron en una playa de menuda arena. Después de sacar las embarcaciones del mar, cada cual se tendió donde pudo y, a pesar de encontrarse hambrientos, el cansancio les hizo conciliar en seguida un profundo sueño. El capitán Barentz, Felipe y Krantz conferenciaron brevemente concluyendo por seguir el ejemplo de los demás, para olvidar las fatigas y penalidades de las últimas veinticuatro horas. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com