El vicario de Wakefield (fragmento)Oliver Goldsmith

El vicario de Wakefield (fragmento)

"Entonces reflexioné y comprendí que sería inútil seguir más adelante; así, pues, resolví volver a casa, donde una familia inocente esperaba mi amparo. Pero la agitación de mi ánimo y las fatigas que había soportado determinaron en mí un acceso de fiebre, cuyos síntomas advertí antes de haber dejado el hipódromo. ¡Nuevo e inesperado golpe, y a más de sesenta millas de mi casa! Entré, pues, en una cervecería situada al borde de la carretera, y en aquel lugar, asilo ordinario de la indigencia y frugalidad, me arrinconé para esperar pacientemente el resultado de mi indisposición. Allí me consumí durante tres semanas; pero al fin venció mi buena constitución, si bien la falta de dinero no me permitió costear los gastos de los cuidados que tan convenientes me hubieran sido, ni aun siquiera los del hospedaje. La ansiedad que esta última circunstancia me causaba es posible que me hubiese determinado una recaída si un viajero, que se había detenido a tomar un refresco, no hubiera venido en mi ayuda. Aquella persona era cabalmente el filántropo librero de Saint Paul, Churchyard, que había escrito numerosos libros para niños; se llamaba a sí mismo amigo de ellos; pero, en verdad, era amigo de todo el género humano. Apenas se apeó, dio señales de tener mucha prisa, pues llevaba, como siempre, negocios de la más alta importancia, y en aquel momento estaba reuniendo materiales para la historia de un tal míster Thomas Trip. Inmediatamente recordé la cara rubicunda y bonachona de aquel buen hombre, que había publicado mis refutaciones contra los deuterogamistas contemporáneos, y le pedí prestadas unas cuantas monedas, pagaderas a mi regreso a casa. Dejé, pues, la posada, y como aun me encontraba débil, decidí volver a casa por jornadas de diez millas. Con la salud, recuperé mi calma habitual, y condenaba en mí aquel orgullo que me había hecho rebelde al castigo providencial. El hombre no sabe qué cantidad de calamidades es capaz de soportar sin que se le acabe la paciencia, hasta que aquéllas caen sobre él; subiendo a las alturas que la ambición nos muestra desde abajo tan brillantes, cada paso que damos hacia la cima nos ofrece obstáculos y dificultades ocultos antes a nuestras miradas; de igual manera, en nuestro descenso desde las cumbres del placer a los tristes valles de miseria, éstos nos parecen al principio oscuros y desolados; sin embargo, el ánimo sereno y atento a su propio recreo encuentra algo que hace la bajada encantadora y agradable. De cerca, los objetos más oscuros parecen brillar, y el ojo del espíritu consigue acomodarse a su tenebrosa situación. "


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