El capitán de los patricios (fragmento)Juan María Gutiérrez

El capitán de los patricios (fragmento)

"María, que también deseaba mirar el cielo y las flores, saltó como una mariposa desde el umbral de la sala hasta la arena lisa de una calle formada de rosas de todo el año y de mosquetas blancas, a la sombra de un parral que techaba aquella calle en toda su extensión de cien varas. La madreselva, de fuerte y voluptuosa fragancia, enredaba vigorosa sus ramos sensuales a los pilares que sostenían el emparrado, convirtiéndolos en árboles vivaces. Varias de estas calles, como diagonales de un vasto cuadrado lleno de arboleda frutal, iban a juntarse en la circunferencia de un círculo, formado alternativamente de palmas de las islas, y de naranjos y limos poblados de hojas en todas las estaciones. Los penachos de los palmeros, a manera de brazos de gigante, se extendían hasta unirse por encima de las copas redondas de los naranjos, mezclando con agrado de la vista los variados matices que resultan de la combinación del verde subido y del amarillo pálido. Del suelo de este círculo levantaban sus vástagos y sus cálidos perfumes las plantas de reseda, de heliotropo, de toronjil y de tomillo, formando una atmósfera cargada de las esencias del Paraíso. Varios bancos de madera apoyados contra los troncos ofrecían descanso a los que paseaban el jardín [sic].
Cuando el capitán tomó asiento en uno de ellos, estaba materialmente embriagado con las exhalaciones fragantes, y loco de amor. María durante la caminata, había desplegado delante de él todas las actitudes de una gacela suelta en los prados, y al tomar las flores en sus dedos agudos como el marfil de los picos de las aves, habría merecido que se la comparase con el colibrí libando el almíbar de los azahares. La agitación al aire libre y la satisfacción interior daban realce a su hermosura, y ella lo conocía. La luz del campo comunicaba reflejos de ópalo al azul de sus ojos y tornasoles de oro a sus cabellos lustrosos. Había echado de sí completamente la anterior turbación y la timidez, y conversaba alegre y cantaba y reía, mientras sentada entre su tío y el capitán que le sostenían el buen humor, tejía una corona de flores (alrededor de una ramita de laurel) con las cortadas por ella en el paseo, de las cuales trajo colmada la falda y recogida de manera que formaban sus brazos como las dos asas de un canastillo. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com