Mis montañas (fragmento)Joaquín Víctor González

Mis montañas (fragmento)

"Ya le esperaban ansiosos los caciques, apiñados en un balcón de granito que la naturaleza formó; ya le esperaban; sus pechos de piedra y sus músculos de fierro se agitan y se estremecen a la vez, con coraje y terror nunca sentidos; sus ojos brillan sobre el abismo lóbrego como si fueran de fieras, con destellos rojizos; sondean las quebradas, las laderas y las cumbres, hasta que un silbido lejano y agudo hiela sus carnes y arranca un rugido: -« ¡Él es! ¡Es la señal!»- se dicen todos. El centinela ya vuelve; pero antes de llegar ha dado el terrible anuncio.
¡A las armas! ¡Es el último combate, es lo desconocido, es lo pavoroso! Pero ya están las trincheras repletas de soldados; montañas de proyectiles de granito, como las balas apiñadas al lado de un cañón, están dispuestas para rodar al fondo y detener el paso de los extraños enemigos, quienesquiera que sean. ¡Estos nuevos titanes no escalarán la cumbre; allí está hirviendo el rayo fulminador de una raza heroica que defiende el hogar primitivo, las tumbas, los huesos venerados; antes la mole de piedra que les sustenta ha de convertirse en menudo polvo, sepultando sus cuerpos de heridas!
Ya no es el combate de pueblos de una misma raza y nivel intelectual: Ya no son las armas imperiales del Cuzco, ni es Ollantay, viniendo en son de guerra a sujetar en un cinto de blando acero todas las tierras del Sol; no, porque los pájaros agoreros han huido exhalando gritos siniestros, y el eco ha traído del Occidente el estrépito de armas y voces desconocidas.
Se cumplieron las antiguas profecías; aquel ídolo que miraba al Océano y con el brazo derecho armado señalaba el Continente, era la expresión escultural de ese temor secreto que preocupaba a la nación quichua. De allá, de esa inmensidad de agua cuyos límites nadie conocía, debían venir grandes catástrofes para la patria; los sordos o interminables rugidos de las olas, que sin reposo venían a romperse en la costa, parecían anunciarles en todos los momentos que traerían algún día la nave conquistadora. Demasiado pronto se cumplieron tan terribles pronósticos. La unidad del Imperio no había concluido de cimentarse en los hábitos de los pueblos que formaban su masa; el sentimiento nacional recién nacido, fue ahogado cuando empezaba a ser una fuerza colectiva. Aquella raza, en tal momento histórico, sometida al yugo de la conquista, me recuerda una bella esclava comprada cuando se abre su alma a las seducciones de la vida, y su cuerpo virginal a las influencias físicas que lo dotaban de gracia y de fuerza. "



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