Jarrapellejos (fragmento)Felipe Trigo

Jarrapellejos (fragmento)

"Se sonrieron. Habló "el sobrino" inmediatamente de viajes, de alta vida, de... París. Los restaurants elegantes (Maxim's: diez francos un melocotón), los célebres modistos y almacenes, los boulevards, los teatros... Ernesta, a toda rapidez, oyéndole, perdía la emoción de su alarma con el que fue casi su novio en otras muy dulces y amplias emociones ante este gentilísimo pariente, que a plenas tranquilidad y confianza familiares le iba evocando las mundanas elegancias principescas, los grandes hoteles, los grandes expresos, lanzados como tormentas del lujo por Europa. ¡Sí, sí, de tú!... Se obstinaba él en no pasarla los usted a que la impelía la falta de costumbre, y ella obedeció y dominó pronto la violencia. Una cosa que la iba llamando la atención (inversamente parecida a la física mudanza notada por Octavio, y a influjos de ella, en Orencia y Dulce y las otras muchachas de La Joya) era la especie de espiritual aplomo y de sutil audacia a que parecían resueltamente trocadas en el "viajero de París" sus respetos excesivos de otro tiempo. ¡Ah, sí, aplomo, audacia bien sutil!..., tanto que Ernesta, invitada a su vez por la suave y como principesca cortesía, de tiempo en tiempo se advertía ella propia más que demás deslizada en los temas escabrosos, y... tenía que refrenarse. ¡París, bah!... ¡El efluvio, un poco fuerte, de París!... ¡El desnudo y la bella libertad en los museos, en los cabarets montmartreuses, en las divinas mujeres que en Luna Park montaban a horcajadas los camellos o se echaban a rodar por las rampas giratorias!... Y ella aprobaba todo esto en nombre del arte y de la franqueza noble de la vida, razonándolo, dando su opinión; y fue peor todavía, al fin, cuando púdica, pero hábil también, para que no la creyese una zafiota e hipócrita española el "parisiense", el hombre nuevo, que jamás la sostuvo una conversación así cuando andaba cortejándola, ella pasó de los desnudos a la ropa... Sin querer, pronto asimismo, a propósito de si las
necias de La Joya llevaban todos sus faustos por fuera, por fuera únicamente, la condesa de la Cruz, hablando de encajes, de batistas, de sus encargos de ropa interior al Louvre, por dos, por tres veces, se encontró, ¡diablo!.... describiéndole al "sobrino" sus ligas, sus corsés, sus camisas más o menos escotadas. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com