Las amigas (fragmento)Vasco Pratolini

Las amigas (fragmento)

"De pronto el fuego cesó, los fascistas desfilaron, mochila al hombro y ametralladoras, bajo el pequeño cuartel, como para un tácito armisticio; desaparecieron por el recodo.
Via Duchi di Castro (de 20 a 21). En el patio nos contamos. Algunos faltaban, de aquellos con quienes tendríamos que contar. Por otra parte, ni siquiera para los presentes tenemos armas. Ha obscurecido y llega A. con las armas. D. tiene un manojo de metralletas en equilibrio entre el manubrio y el cuadro de la bicicleta. A esta altura, en cuanto a órdenes, nos bastan las que tenemos; y el puente, B. no puede jurar que haya sido minado. Llegó P.:
—Vienen —dijo.
Explicó atropelladamente, jadeando, que los alemanes, de pronto, ante un ademán del oficial, como habiéndolo pensado mejor, habían vuelto a cargar rápidamente su botín en el camión, y habían partido. Los zapadores habían quedado en la explanada, habían tirado a ras de tierra para ahuyentar a la gente y ahora, a unos metros uno de otro, formando tres filas, avanzaban hacia via Duchi di Castro: yo los vi pasar rozando la esquina. Eran catorce, tenían la parabellum al brazo. Los muchachos querían tirarles; creo que encontré las palabras fuertes que se precisaban para disuadirlos.
—Sólo si ellos nos atacan, la orden es esta —y era cierto, mas por un instante había pensado que el enfrentarlos hubiera significado hacerse exterminar.
Nos apostamos junto a la tapia del patio; no habría sabido usar la metralleta, no sabía por qué lado empezar, ahora mi responsabilidad de «político» cedía el puesto al «militar»; el revólver me infundía más seguridad: era un calibre 6,35, ¿y si se traba? A nuestras espaldas teníamos el patio, todas las ventanas cerradas; alguien bajó y pidió armas.
—¡Silencio!
Anochecía, y ellos avanzaban, mirando en derredor; los últimos dos avanzaban de espaldas. Pasaron a un costado; nosotros espiándolos por los intersticios del portón de reja, los caños de nuestras armas entre lanza y lanza. Duró pocos minutos, fue eterno. (Nos quedó como una insatisfacción; si uno de los muchachos desobedecía, si una automática «se disparaba sola»; tal vez era eso lo que yo esperaba). Los zapadores volvieron a subir por el sendero, pasando por los prados de la Farnesina; debieron bordear los tinglados de la «Titanus». Tres compañeros los seguían a la distancia. "



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