Suite inglesa (fragmento)Julien Green

Suite inglesa (fragmento)

"Es indispensable una lectura de la correspondencia de Lamb, si se quiere conocer al hombre, y en Charles Lamb es el hombre lo más interesante. Sus cartas se dirigen en su mayor número a Coleridge, muchas también a Wordsworth y a Hazlitt; es decir, a tres de las personas más notables de su época. Les escribe como a sus iguales, con la mayor sencillez, sin falsa vergüenza. Cuando ellos le envían sus obras, les dice lo que piensa de ellas, sin andarse con miramientos frente a su amor propio. Siempre se podía contar con Lamb en cuanto a su franca opinión, que ningún temor cortés suavizaría si es que era severa, ya que estimaba su opinión como otros estiman sus bienes. "Las opiniones son una forma de la propiedad", decía. Poseía en altísimo grado el sentido de la belleza literaria y casi siempre hacía inclinarse la balanza del lado de la crítica. Muchas veces acusó a Coleridge de escribir galimatías, y Coleridge no dejó por ello de someterle sus versos, puesto que comprendió el valor de un juicio como el de Lamb. Con Wordsworth fue Lamb un poco más tímido; le conocía menos, pero estuvo firme y se burló con dulzura de los defectos del poeta.
Es a él a quien es preciso venir en las dificultades. Nadie es más caritativo. Si se trata de alguien que busca en vano una situación o de un autor que no llega a que le publiquen, no descansa hasta haber remediado tales males. No tiene dinero y los editores apenas le conocen, pero sí tiene amigos a los que escribe, a los que hostiga hasta que obtiene lo que quiere.
Solamente la debilidad moral, y la suya en primer lugar, le impacienta y le desanima. Procuró veinte veces deshacerse del hábito de fumar y de beber; sabe cuánto sufre su hermana por esta causa, y lucha consigo mismo sin tregua, pero su debilidad es más fuerte que sus resoluciones. Le ocurre fumar diez pipas en una velada; atroces dolores de cabeza le castigan por ello y hele aquí incapaz de escribir durante varios días. Los remordimientos le ensombrecen. Sigue entonces un período de abstinencia; la calma vuelve, y con la calma el olvido. Una noche, sentado en su butaca para releer una pieza de Fletcher o algunas páginas de Walton, extiende la mano hacia su pipa y la rellena; el gesto es maquinal. Y pasa horas deliciosas en una nube de humo. "



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