Recuerdos de la tierra (fragmento)Martiniano Leguizamón

Recuerdos de la tierra (fragmento)

"Mas aquella vida de vértigo eterno no podía durar mucho tiempo sin abatir el organismo del infeliz. Su cuerpo comenzó á enflaquecer, el rostro adquirió una transparencia amarillosa y esa flacidez de la carne marchitada por la actividad incesante del cerebro, los pómulos se acusaban bajo la piel, la mirada se tornó húmeda y vaga, los ojos trémulos se revolvían pesadamente dentro de las grandes órbitas, la cabeza cubierta de canas se inclinaba arqueando el tronco, los pendían lasos en los flancos, las manos heladas con los dedos flacos y convulsos se movían como poseídas por dolorosa agitación, el paso era cada vez más tardo y vacilante.
Una mañana al pasar junto al rancho uno de los peones creyó percibir un débil brazosgemido y acercándose á la puerta vio á Chabaré tendido de espaldas en el lecho, con las pupilas iluminadas por extrañas fosforescencias, pronunciando voces incoherentes...
La noticia de la enfermedad produjo en la estancia una penosa impresión. La fiebre era intensa; deliraba con seres cuyos nombres jamás habíamos escuchado brotar de sus labios: por momentos se incorporaba, tendía los brazos descarnados, nos miraba sin reconocernos y volvía á caer como una masa inerte.
Una anemia profunda minaba todo el organismo del desgraciado amenazando terminar la obra en breve tiempo. Se empezó á combatirla procurando restablecer el vigor al cuerpo aniquilado. El enfermo se agitaba en violentas convulsiones, se desgarraba las ropas hasta que las fuerzas le faltaban y rodaba aplastado con las pupilas dilatadas, fijas en el espacio, inmóvil, mudo, insensible á todo cuanto le rodeaba: era el ensueño eterno que se alzaba solo para él, en esas lejanías tenebrosas que exaltaban su cerebro!...
Tomaba después un objeto, lo examinaba para cerciorarse de si tenía una superficie plana y sus dedos temblorosos comenzaban á trazar rayas invisibles como si fuera estampando el ideal de todas sus horas, aquel relieve de ensueño que jamás alcanzaría! Pálido, exacerbado por la actividad anómala del cerebro caía de pronto en doloroso abatimiento, y dejando rodar el objeto. —¡Oh! no es eso!... gemía en un sollozo desgarrador...
A la cabecera velaba Dionisia desde el primer momento; ella le enjugaba la frente sudorosa, humedecía sus labios resecos por la fiebre, le arropaba con cariños de madre, le reprendía hasta hacerlo tomar los alimentos y le ordenaba se estuviera tranquilo. El enfermo sin abrir los ojos sonreía al escucharla como si lo acariciara el acorde de una música lejana y permanecía quieto con los brazos cruzados respirando fatigosamente. "



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