Manuela (fragmento)Eugenio Díaz Castro

Manuela (fragmento)

"En la mitad de la calle oyó el primer doble de la campana, y se estremeció al oírlo porque le llegó al corazón y le arrancó un gemido. Al llegar a la iglesia vio el cadáver sobre una mesa enlutada, y oyó al cura que cantaba: Subvenite, Sancte, Spiritus, con fúnebre y pausada voz.
Don Demóstenes había asistido a varios entierros de tono en Bogotá, como que era uno de los más distinguidos miembros de la sociedad. Vestido elegantemente de negro y sentado en un escaño, devoraba con el pensamiento algún negocio o algunos amores, arrullado por la artística salmodia, y rodeado de obscuridad, entre la cual llameaban por intervalos los cien blandones. ¡Estaba en presencia de un muerto bien encerrado dentro de lujosa caja, de un muerto que había sido su socio o su amigo tal vez! Y sin embargo, estaba sereno; mientras que en esta vez se turbaba y se entristecía. Es verdad que en la pobre iglesia de la parroquia no había cirios hasta la puerta en triple hilera, ni negras colgaduras, ni emblemas poéticos, ni ramos de sauce, ni coronas de ciprés; es verdad que no retumbaban los ecos con el ruido sordo de las trompetas y violones, ni con el son agudo de las flautas y violines; pero estaba viendo a su amiga, esa flor de las montañas que conoció de pasada y que acarició levemente porque era buena y hermosa, pero sin arrancarla de su tallo. Tenía clavados los ojos en Rosa y no se saciaba de dolor viendo aquellas manos enjutas que él había apretado entre las suyas, y que ahora apretaban una cruz de palo, última esperanza y único consuelo de la pobre difunta; ¡veía un bosque de pestañas cubriendo las pupilas de unos ojos que quince días antes encendían
corazones, ahora apagados y opacos; veía una boca antes graciosa y ahora callada con el silencio de la eternidad! En torno del cadáver veía unos pocos amigos de la difunta, cuyos
gemidos eran más tiernos que los acentos de las orquestas. Todo esto lo tenía conmovido. Manuela, que estaba arrodillada cerca del cadáver, tenía la cara oculta en su pañolón y lloraba, y don Demóstenes oía sus sollozos al través del pañolón, como se oye una fuentecita entre el monte al través de la enramada. Los dobles de las campanas no cesaban, acompañando las voces del cura y del sacristán, que dialogaban en el sublime oficio de difuntos clamando por el reposo eterno de la humilde estanciera de Malabrigo. El requiescat in pace final, cantado por el cura en la forma de un lamento, dio el último golpe al corazón del conmovido bogotario. "



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