La iglesia de Zinsblech (fragmento)Oskar Panizza

La iglesia de Zinsblech (fragmento)

"Permanecí totalmente ignorado. Y hasta el hombre que me había golpeado con su cruz retorcida parecía no haberse dado cuenta de ello en absoluto. Una segunda persona femenina destacaba en la procesión por su actitud patética: una mujer rubia, ya entrada en años, con rasgos bonitos, pero apergaminados y marchitos. Llevaba un traje totalmente blanco, sin pliegues ni galones, y la cintura atada con una cuerda. Esta cuerda era dorada; los pechos estaban totalmente descubiertos; sin embargo, nadie se fijaba en estos pechos turgentes. Amplios mechones rubios, sueltos, caían ondulados por toda la espalda. Llevaba la cabeza hundida sobre el pecho y miraba con desesperación sus manos, que no estaban cruzadas como es costumbre, sino abiertas hacia delante (como lo hacen en el teatro los desesperados.) Las lágrimas brotaban sin cesar de sus pestañas, caían directamente sobre sus pechos, sobre el vestido e incluso sobre los pies, que de vez en cuando se dejaban ver por debajo del vestido.
Sería imposible enumerar a todos los que iban subiendo en silencio y con naturalidad, como si se tratara de un ejercicio habitual. Pero el hombre de la mueca retorcida, que al principio tendía tan enérgicamente las llaves hacia la luz de la luna y a quien antes de dormirme había observado sobre su pedestal sin querer, estaba también con ellos. A pesar de la música monótona del órgano, no había dejado de percibir desde que me desperté un extraño ruido chirriante a mis espaldas, en el altar. Volví la vista y observé a un hombre muy alto vestido completamente de blanco; susurraba sin cesar hacia la procesión que pasaba a su lado y que a veces se paraba ante él: «¡Tomad y comed! ¡Tomad y comed!» Era una figura indescriptiblemente fina; delgada, de miembros gráciles, perfil espiritual, nariz griega y amplios rizos ondulados y oscuros que caían sobre las sienes, las orejas y la nuca; un vello transparente y pueril crecía alrededor de la barbilla y los labios. Observé, sin embargo, que sus manos estaban ensangrentadas. Se encontraba en el extremo izquierdo del altar y ponía una pieza redonda pintada de blanco en la boca de los hombres de la procesión, que de dos en dos se detenían ante él, se arrodillaban en un reclinatorio rojo y miraban hacia el techo, parpadeando extasiados. "



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