Verdad de amor (fragmento)Sealtiel Alatriste

Verdad de amor (fragmento)

"La agonía de su madre suavizó y previno ese aire de callada rivalidad que Jean Renoir había establecido con su padre por el amor de Dédée. Ambos sabían que para que la vieja Aline muriera en paz necesitaba saber que su fa­milia estaba al buen resguardo de una mujer. No en balde pasó sus últimos días diciéndole a la muchacha lo que tenía que hacer con cada quién apenas ella se fuera de este mundo. Sus palabras eran confusas, su estado de salud estaba muy quebrantado, y tan pronto ofrecía al padre como al hijo para futuro marido. La madre y la esposa habían desaparecido hasta que el mundo de sus afectos se redujo a un solo sentimiento: el cuidado de sus hombres. Jean y su padre vivieron esos días esquivándose, ocultando al mundo su cariño por Dédée, sin decidirse a declarar yo soy el bueno, el elegido, aunque al final Jean supo que él sería el perdedor: su madre, dando los últimos estertores, le hizo prometer a su marido que seguiría pintando, y Auguste Renoir le juró que to­davía tendría fuerzas para iniciar una nueva etapa de su pintura. "Inspíralo", le dijo Madame Renoir a Dédée con el último suspiro de aristocracia del que fue capaz, y murió ante toda la familia.
Nadie imaginó que don Augusto cumpliría el juramento hecho a su esposa. Con ella muerta, ¿a quién confiaría sus pasiones secretas, sus mórbidas imágenes, sus de­seos de viejo rabo verde?, y eso para no hablar de sus múltiples achaques, pues desde hacía mucho tiempo (para no citar más que lo obvio) estaba prácticamente inmo­vilizado: no podía caminar, tenían que amarrarle el pincel a las manos porque la artritis le había arrebatado el mo­vimiento a sus dedos, y para realizar ciertos proyectos se conformaba con dictarle la forma y el color a un joven, Gino (un discípulo de su amigo Maillol), que de mala gana venía una vez a la semana pensando en los conocimientos que robaba al buen Auguste Renoir. Pero créase o no, el pintor recobró repentinamente el ánimo, sus dedos se empezaron a mover, y ya cuando salieron del cemen­terio de Essoyes (donde enterraron a Madame Aline Re­noir), dijo que pintaría los cuadros más bellos y audaces de su vida. Dédée empujaba su silla de ruedas y le aca­riciaba consoladoramente las mejillas. Auguste Renoir no perdería ese vigor hasta el momento mismo en que cayera de bruces sobre el caballete en el que pintaba una na­turaleza muerta con manzanas, porque se le había de­tenido el corazón para siempre.
Jean Renoir fue incapaz de combatir esa última fortaleza de su padre y se dedicó a restablecerse de sus heridas en el silencio de su rebelión dolorida e incesante. Su timidez no tenía palabras. Andaba a tientas y tropezones entre sus gestos infantiloides. Se limitaba a atisbar de cuando en cuando a Dédée mientras modelaba para su padre, evitando su presencia con mil pretextos. "



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