La antigua sirena (fragmento)Alejandro Tapia

La antigua sirena (fragmento)

"Cada cual quería un puesto en la nueva, en la gran flota; unos por ambición del corazón, otros por ambición de su egoísmo; unos por servir verdaderamente a la república, otros por encadenarla en su servicio y alcanzar con buenos oficios aparentes, posición fuerte para el porvenir. El puesto del jefe, que debía mandar la flota era objeto también de controversias, aunque a la verdad, Honorio Morosini era el llamado y cuasi podía decirse el justamente elegido. Sin embargo no hay justicia para los intrigantes, y así no faltaba quien sin otros méritos que su audacia, osase pretender el despojo de su puesto. A decir verdad y para hacer justicia al consejo o Señoría, y aun al Senado, la mayoría estaba por Honorio. Se disponía pues este a la partida, pero no menos amante de Perla que de su patria, o queriendo al menos conciliar en su corazón entrambas cosas, habíase decidido a contraer el anhelado vínculo antes de partir para Levante. Por eso reinaba tanta animación en las moradas de ambas familias. Ora entraban los artífices a ornar de una manera digna el palacio del almirante que debía servir de nacarada concha a aquella perla peregrina: ora los mercaderes y joyeros se llegaban a ofrecer a ambas familias para los regalos mutuos, los opulentos brocados del oriente, las telas finísimas, los bordados primorosos, la plata, el oro, la preciosa pedrería.
Perla, sin embargo melancólica en medio de tanto alborozo y callada en medio de tanto bullicio, se detenía apenas a contemplar los primores que las modistas del mejor gusto y los mercaderes mejor reputados, anhelosos de que semejante ocasión contribuyese a llenar sus respectivas bolsas, presentaban con los mil encomios de costumbre, a su indiferente vista. El abuelo y nodriza de Perla (la orfandad había venido a hacer más interesante a este ángel) eran los que parecían más animados, proponiéndola mil adornos y galas a la vez, secundando el deseo y las ofertas de las modistas y fabricantes; a pesar de que no dejaba de preocuparles la tristeza de la joven, quien por otra parte había dado a conocer tanto en varias ocasiones su extremado afecto al héroe de la proyectada boda.
Deseoso Honorio de complacerla, aprovechaba los momentos que el arsenal le dejaba libres para estar a su lado contemplando aquellos ojos, buscando afanoso en los labios de la bella una sonrisa que siempre había para él, es verdad, pero que siempre se ofrecía velada como una triste aurora. "



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