Si muere (fragmento)Salvatore Farina

Si muere (fragmento)

"Cuando el áspero siroco soplaba sobre la faz de la mar, Gerolamo había logrado convertirse en uno más de nosotros, capaz de darle un buen consejo a alguno de los bañistas más inseguros y pronto dispuesto a arremangarse los pantalones si fuera necesario y a reconsiderar complaciente arrojarse al mar, si alguno de nosotros fuera herido por alguna onda impertinente. Creo que ésa era la idea. Levantar unas cuantas chozas de tela, justo cuando se cumplía el año de mi primer encuentro con Gerolamo. Se había acordado disfrutar placenteramente de la estación de baños, aunque tal vez eso no fuera suficiente para su espíritu inquieto, especialmente si un día había aparecido en la playa Albissola la señora B..., una preciosidad rubia que ardía en deseos de saltar al mar, pero que se mostraba renuente a bucear vestida y no confiaba para nada en su parasol.
En aquel instante vislumbré por vez primera al seños Silvestro y su esposa. Recuerdo que era una noche en pleno julio, a la hora del crepúsculo; yo, según mi costumbre, aún no había llegado a la playa y estaba preparándome un pequeño lecho de arena con su graciosa almohada coronándolo todo. Y Allí me encontraba, tumbado en posición supina, con la tela extendida justo por el resquicio que dejaba la arena.
Podía atisbar oblicuamente la semblanza del mar, totalmente liso, sin la mácula de arruga alguna. Justo el día anterior una estridente voz había turbado mi sereno sueño en medio de la noche; ahora el silencio se cernía sobre el acuoso paisaje, de modo que pronunciar cualquier palabra parecía un acto sumamente vano y melifluo. El aura del silencio se hallaba presente a mi alrededor y la sombra del crepúsculo se alzaba como una gran fumata negra y un olor acre a pino quemado acariciaba mis fosas nasales, porque era la jornada del horno, en la que había que degustar todos los platos precocinados durante la semana. Todo era silencio y soledad. Mi mirada seguía atenta el maderamen de dos barcos de pesca que se mecían inermes en la distancia y que podían confundirse con dos gaviotas posadas sobre el agua, sin moverse apenas ni tender siquiera a alejarse ni un ápice; uno de esos días en que los que no era necesario el pastoreo visible de los rayos del cándido sol. Y las sombras... Observaba todo ello con la estúpida atención que preside gran parte de la inutilidad de las voluntades humanas, cuando de súbito dos enormes espectros surgieron ante mí y me impidieron ver por completo todo el horizonte marino, alzando vertiginosamente mi cabeza pude seguir la áurea nube que se perdía en la última franja celeste. "



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