Los siete libros de la Diana (fragmento)Jorge de Montemayor

Los siete libros de la Diana (fragmento)

"No fue solo esto lo que Arsileo aquella noche al son de su arpa cantó, que así como Orfeo al tiempo que fue en demanda de su ninfa Eurídice con el suave canto enterneció las furias infernales, suspendiendo por gran espacio la pena de los dañados, así el mal logrado mancebo Arsileo suspendía y ablandaba no solamente los corazones de los que presentes estaban, mas aun a la desdichada Belisa que desde una azotea alta de mi posada le estaba con grande atención oyendo. Y así agradaba al cielo, estrellas y a la clara luna, que entonces en su vigor y fuerza estaba, que en cualquiera parte que yo entonces ponía los ojos, parece que me amonestaba que le quisiese más que a mi vida. Mas no era menester amonestármelo nadie, porque si yo entonces de todo el mundo fuera señora, me parecía muy poco para ser suya. Y desde allí, propuse de tenerle encubierta esta voluntad lo menos que yo pudiese. Toda aquella noche estuve pensando el modo que tendría en descubrirle mi mal, de suerte que la vergüenza no recibiese daño, aunque cuando este no hallara, no me estorbara el de la muerte. Y como cuando ella ha de venir, las ocasiones tengan tan gran cuidado de quitar los medios que podrían impedirla, el otro día adelante con otras doncellas, mis vecinas, me fue forzado ir a un bosque espeso, en medio del cual había una clara fuente adonde las más de las siestas llevábamos las vacas, así porque allí paciesen, como para que, venida la sabrosa y fresca tarde, cogiésemos la leche de aquel día siguiente, con que las mantecas, natas y quesos se habían de hacer. Pues estando yo y mis compañeras asentadas en torno de la fuente, y nuestras vacas echadas a la sombra de los umbrosos y silvestres árboles de aquel soto, lamiendo los pequeñuelos becerrillos que juntos a ellas estaban tendidos, una de aquellas amigas mías, bien descuidada del amor que entonces a mí me hacía la guerra, me importunó, so pena de jamás ser hecha cosa de que yo gustase, que tuviese por bien de entretener el tiempo, cantando una canción. Poco me valieron excusas, ni decirles que los tiempos y ocasiones no eran todos unos para que dejase de hacer lo que con tan grande instancia me rogaban; y al son de una zampoña que la una de ellas comenzó a tañer, yo triste comencé a cantar estos versos. "


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