Historia de un Pepe (fragmento)Salomé Jil

Historia de un Pepe (fragmento)

"El embozado abrió la puerta y entraron cuatro hombres. Al apoderarse del abogado para conducirlo fuera de aquel recinto, advirtieron que se había desatado las manos y quitado el pañuelo de los ojos. Volvieron a maniatarlo y a vendarlo, cargaron con él, salieron y una vez en la callé, hicieron evoluciones semejantes a las que habían hecho al llevarlo, hasta que habiendo llegado delante de la puerta de la casa de Arochena, lo tendieron en la grada y se alejaron.
Por fortuna para el licenciado don Diego de Arochena, no hubo persona alguna que lo viera aquella madrugada vendado de los ojos, atado de las manos y disfrazado de mendigo en la puerta de su propia casa. Su amigo íntimo y discípulo don Jerónimo Rosales, inquieto al ver que amanecía y no regresaba don Diego de su expedición nocturna, tomó la capa y el sombrero y dispuso ir a buscarlo. No bien hubo abierto la puerta, encontró al licenciado tendido en la grada, echando mil maldiciones y jurando vengarse, aunque sin decir de qué ni de quién. El pasante desató la ligadura, quitó la venda de los ojos de su maestro y guardó cuidadosamente el ceñidor y el pañuelo, como cuerpo del delito.
Arochena, no obstante la fatiga que sentía, no quiso acostarse; refirió su extraña aventura a don Jerónimo, y a pesar de la intimidad que reinaba entre ellos, omitió en su relación una vaga sospecha que había concebido, por la estatura, el aire y el acento de la voz (aunque fingida), del sujeto que le había jugado tan pesada burla. Le parecía la idea tan inverosímil, que quiso aguardar a tener alguna prueba para comunicarla a Rosales. Por lo demás, la aventura de aquella noche no retrajo a don Diego de su propósito de procurar la aclaración del secreto que tanto le interesaba descubrir. Por el contrario, ella fue un motivo más para excitarlo a continuar sin descanso sus investigaciones, que tendrían en adelante un doble objeto: el de impedir el matrimonio de Gabriel Fernández y el de vengarse del desconocido que le había inferido tan grosero ultraje.
Durante toda la mañana estuvo el licenciado cavilando, sin poder acertar con el hito que debiera conducirlo en el laberinto de dudas y de confusión en que se hallaba envuelto. Pero acontece muchas veces en la vida que un secreto que no podemos descubrir por nuestros esfuerzos, comienza a revelársenos por efecto de la casualidad; y así le sucedió aquella vez a don Diego. Como al medio día se paseaba en su gabinete, en la mayor agitación, hablando y gesticulando solo, cuando se abrió la puerta con cautela, entró el criado de la casa y puso una esquela cerrada en manos de su amo. Arochena conoció la letra del sobrescrito y estuvo a punto de arrojar el billete, sin abrirlo, a la canasta de los papeles inútiles. "



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