La engañada (fragmento)Thomas Mann

La engañada (fragmento)

"Le gustaba charlar con Rosalie, aun en apartes, no sólo porque ella era una de las que le ayudaban a ganarse el pan, y por tanto una de las bosses, sino también por verdadera atracción. Porque, mientras lo intimidaban la fría inteligencia y las pretensiones intelectuales de la hija, la franqueza femenina y cordial de la madre le era simpática y, sin interpretar correctamente los sentimientos de ésta (nunca se le había ocurrido tal cosa), se dejaba envolver por la cándida atmósfera que emanaba de Rosalie, se complacía en ella y se cuidaba poco de ciertos signos de tensión, inquietud y desazón que él interpretaba como expresiones de la nerviosidad europea y que, por lo tanto, respetaba en alto grado. Junto con los tormentos que padecía Rosalie, hubo de verificarse en su aspecto un cambio, un rejuvenecimiento que llamaba la atención y que le mereció muchos cumplidos. Cierto es que su figura siempre se había conservado juvenil; pero lo que ahora sorprendía era el brillo de sus hermosos ojos pardos, que asumieron una expresión cálida y febril, agregando a su rostro un nuevo encanto; aumentaron de punto los colores del semblante que, tras ocasionales empalidecimientos, volvía rápidamente a recuperar su sonrosado color; los rasgos de su cara, ya llena, adquirían una mayor movilidad en las conversaciones, que solían ser alegres y siempre le ofrecían la posibilidad de corregir, mediante una risa, cualquier involuntaria expresión de su fisonomía. En esas reuniones sociales se reía mucho y a grandes voces, pues todos bebían liberalmente vino y ponche, de manera que lo que podría haber parecido excéntrico en la conducta de Rosalie se perdía en la atmosfera general de soltura y diversión, en la cual nada podía causar gran sorpresa. "


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