Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras del doctor don Diego de Torres y Villarroel (fragDiego de Torres Villarroel

Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras del doctor don Diego de Torres y Villarroel (frag

"Apenas había convalecido de este porrazo, cuando me brumó la resistencia y la conformidad otro golpe, cuyas señales durarán en mi espíritu, si puede ser, aun más allá de la vida y de la muerte, y fue la repentina que sorprendió al eminentísimo señor cardenal de Molina, a quien debí tan piadosos agasajos y tan especiales honras que me tienen de puro agradecido, reverentemente avergonzado. Cuantos oficios sabe hacer la piedad, la inclinación, la justicia y la gracia, tantos me hizo patentes su clemencia. No llegó a sus pies súplica de mi veneración, que no me la volviese favorablemente despachada. Pedía para todos los afligidos, y para todos me daba, como no se metiese, por medio de mis ruegos ignorantes, la justicia, de quien fue siempre tan enamorado que jamás hizo, ni a su sombra, el más leve desaire. Fueron muchas las veces que me brindó ya con canonicatos, ya con abadías y otras prebendas, y nunca quise malograr sus confianzas y echar a perder con mis aceptaciones las bondades de su intención y bizarría. Es verdad que fue también industria de mi cautela por no descubrir mis indignidades con la posesión de sus ofrecimientos. En alguna ocasión que me vi acosado de sus clementes ofertas, le respondí con estas u otras equivalentes palabras: “Yo me conozco, señor eminentísimo, que estoy dentro de mí y sé que no soy bueno para nada bueno, porque soy un hombre sin crianza, sin economía interior, sin autoridad para los oficios honrosos, sin rectitud para su administración y sin juicio para saber manejar sus dependencias y formalidades. Mis calendarios me bastan para vivir; a la inocente utilidad de sus cálculos, a las remesas de mis miserables papelillos y a los florines que me da la Universidad de Salamanca, tengo atada toda mi codicia, mi ambición y vanagloria. Vuestra eminencia me perdone y le ruego por Dios que no me ponga en donde sean conocidas mis infames inmoderaciones e ignorancias, y permítame tapar con esta fingida modestia y astuto desinterés las altanerías de mi seso ambicioso.”
No le satisfizo esta confesión de mi inutilidad a su eminencia; y una tarde, después de haberse levantado de la mesa, me arrimó a uno de los ángulos de su librería el reverendísimo padre fray Diego de Sosa, su confesor, y me dijo que su eminencia le mandaba que me dijese si quería ser sacristán, que me colaría la sacristía de Estepona, que le había vacado en su obispado de Málaga, ya que mis encogimientos no me dejaban aspirar a más altas prebendas. Le di mil gracias, jurando hacer desde aquella hora pública vanidad de sus recuerdos, de sus honras y las felicidades en que me ponía su piedad, pues para mí era la mayor añadir a lo suficiente a mis situados y negociaciones lo que sin duda me sobraría para repartir en su nombre a mis pobres agregados. "



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