Los clandestinos (fragmento)César Augusto Candanedo

Los clandestinos (fragmento)

"Cuando hay demanda, buen precio, y la madera escasea en algunas zonas a consecuencia de la terrible tala que durante años vienen sufriendo los bosques, o queda confinada en sitios inaccesibles, los contratistas madereros aprovechan el verano y despachan sus cuadrillas a las selvas distantes donde los ríos se achican, mansos y humildes. En ellas abundan las maderas codiciadas.
Después de las grandes derribas los hombres bajan escoteros, golpeados, azotados por el mal de la selva. En esas lejanías, más allá de los ríos grandes y de las cordilleras, hay poca plaga de zancudos, chitra y jején.
Abunda el terrible morongoy. Apenas el alba comienza a regar su luz blanca, inicia el ataque. Nadie puede estar quieto un instante sin la molestia del aguijón insaciable. Por millares, en grupos compactos que semejan nubecillas negras, caen sobre los hombres tatuándoles la piel desnuda y metiéndoseles en los ojos. En cada picada queda un punto rojo que se va ennegreciendo. Unido a miles de otros semejantes, forman manchas oscuras escamosas. El martirio que el morongoy impone al hombre, cesa cuando las sombras de la noche comienzan a bajar. Muchas veces los trabajadores hacen una comida al amanecer y luego comen de nuevo cuando ha oscurecido y se ha retirado el terrible animalillo alado.
Al comenzar el invierno, cuando densas nubes negrean el horizonte, la cuadrilla de tuqueros vuelve de nuevo. Ahora es a rodar hasta los cascajales la madera cortada, menos pesada, que quedó atravesada, prisionera entre troncos, montada en las lomas o suspendida mecida por los bejucales. Y entre machucones, peladuras, chuzasos, dedos aplastados, uñas perdidas, tendones lastimados y brazos torcidos, la amontonan en la orilla y esperan... Esperan la cooperación del río, la ansiada crecida. "



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