Sangre patricia (fragmento)Manuel Díaz Rodríguez

Sangre patricia (fragmento)

"Sus compatriotas no lo entendían, y aun al principio se imaginaron que él se burlaba de ellos. ¿Cómo explicar a sus años, y en su cultura grande y fuerte, aquella fe tan candorosa? Poco a poco, sin embargo, reconocieron su error, aunque así más bien se les aumentase el desconcierto, aprendiendo a ver en Martí, bajo el agua tersa de una inmutable serenidad, el oro del espíritu. Al través de sus palabras y acciones aprendieron a ver como al través de cristales muy puros. La sinceridad lo envolvía como un arroyo diáfano. Corría de sus labios, de sus ojos, de todo él, en particular de aquella su actitud acostumbrada en la discusión, cuando tendiendo el cuerpo hacia adelante, se apoyaba con las manos en las rodillas. Y a veces, una de las manos iban venía, empeñada en reducir un reacio mechón de pelo obscuro a la blanda curva de la melena que, desde la frente, muy alta, desparramaba su escaso y liso raudal sobre el cuello muy corto. En esa actitud se defendía con ardor, y al mismo tiempo con cierta reserva y timidez, como excusándose. A nadie trataba de imponer sus ideas. No buscaba partidarios, ni los tuvo, a no serlo Pablo Grúas el pintor, llamado «el satánico» por su rara aptitud para desentrañar de la cosa o el ser más apacible, como oculto germen diabólico, una línea o rasgo capaz de adquirir, bajo la punta de su lápiz, las proporciones del más alto horror dantesco.
Sólo Ocampo no perdía ocasión de impugnar sus ideas filosóficas, pero al mismo tiempo le cobraba, por su bondad y excelencia, un cariño profundo. Los demás replicaban afectando aires de burla, incredulidad, o ironía. Y esos mismos aires fueron volviéndose algo muy superficial, hasta convertirse en mera fórmula. Aunque en su mayor parte frívolos aquellos jóvenes, médicos o estudiantes de medicina algunos, perfectos vividores los más, y unos pocos artistas, ocultaban debajo de sus aires de incredulidad o ironía, –especie de cobarde atenuación– el homenaje de un gran respeto. Respetaban en Martí al artista y al hombre, a un creador de belleza y a un maestro de la voluntad, proclamándole y reconociéndole interiormente superior a todos ellos, por haberse levantado y sostenido a esfuerzos propios, y por sostenerse aún de igual manera en aquella gran ciudad extraña, no como ellos con el esfuerzo único de recoger la prebenda generosamente servida del ministro o del padre. Sobre todo lo respetaron cuando conocieron bien su historia, la más pura odisea de artista. "



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